918 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 17 de SEPTIEMBRE 2023

918 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII •  17 de SEPTIEMBRE 2023
El mensaje del profeta Isaías: conociendo el libro el propósito de Dios para nuestras vidas (Análisis de Isa 49:10: Pt. 6) 

 
“10 No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas.” (Isa 49:10)
           
La palabra profética que encontramos en el capítulo 49 del Libro de Isaías nos ha conducido durante las últimas semanas. Las reflexiones dedicadas al análisis del verso diez (10) de ese capítulo nos han obligado a considerar imágenes de espejo de esta que encontramos en otros pasajes bíblicos.

Ahora bien, es el libro del Apocalípsis el que nos permite ver la trascendencia de la palabra profética del verso 10 del capítulo 49 del Libro de Isaías. La revisión de algunos versos del capítulo siete del Libro de Apocalípsis confirmará esta aseveración:

“16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; 17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.”  (Apoc 7:15-16)

Es obvio que Juan, el vidente de la isla de Patmos, está escuchando la misma palabra profética que el Señor le dio a Isaías. O sea, que la revelación de Dios a Isaías fue recibida por Juan casi nueve (9) siglos más tarde. Lo que coloca estos versos apocalípticos en otra dimensión es que Juan escucha esas palabras en el cielo. Juan había sido convocado al cielo para recibir la palabra profética del libro de Apocalípsis:

“1 Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas.” (Apo 4:1)

Como si esto fuera poco, los interlocutores que Juan encuentra en el cielo, que incluyen al Rey de reyes y Señor de señores, le dicen a Juan lo siguiente.
 
“6 Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” (Apo 21:6-7)

“1 Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. 2 En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.” (Apo 22:1-2)

“17 Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. (Apoc 22:17)

Resulta impresionante la cantidad de ocasiones en las que el libro del Apocalípsis nos ofrece  metáforas en las que la vida de Dios, la vida eterna y la presencia de Dios están relacionadas con el agua. El agua de la vida surge del trono de Dios y del Cordero que quita el pecado del mundo.

Juan nos regala estas expresiones de modo que podamos entender cómo termina el plan y la historia de la salvación. Estas expresiones afirman que esa historia termina con el cumplimiento de una promesa. Dios nos ha prometido regresar a algo mucho mejor que el Edén que perdimos a causa de nuestra rebeldía.

Debemos detenernos a analizar esto aunque sea de manera sucinta. El libro del Apocalípsis cierra sus capítulos ofreciéndonos la oportunidad de ver cómo se pone en orden todo lo que desorganizó en el libro del Génesis. A continuación, ofrecemos un pequeño bosquejo que nos permitirá observar la precisión con la que el vidente de Patmos describe  ese arreglo.

Génesis                                                                       Apocalípsis
Los cielos y la tierra son creados (Gén 1:1)        Nuevo cielo y nueva tierra (Apo 21:1)
Creación del sol (1:16)                                     No hay necesidad de sol (21:23)
Se establece la noche (1:5)                                No hay noche (22:5)
Los mares son creados (1:10)                            No hay mar (21:1)
La maldición es anunciada (3:14-17)                 No hay más maldición (22:3)
Entra la muerte a la historia (3:19)                    No hay muerte (21:4)
Fuimos alejados del árbol de la vida (3:24)        Somos invitados a comer del árbol de la vida (22:14)
El dolor y la pena comienzan (3:17)                  No hay más lágrimas ni dolor (21:4)

Al mismo tiempo, el jardín que describe el capítulo 22 del libro del Apocalípsis es único en su clase. El jardín del Edén tenía un río que salía de este y que se dividía en cuatro (4) ríos (Gén 2:10-14). En cambio, en el jardín celestial hay un solo río, no se divide, y este sale del trono de Dios y del Cordero (Apo 22:1). El árbol de la vida estaba plantado en el Edén (Gén 3:22). En el libro del Apocalípsis el árbol de la vida aparece una vez más, y esta vez plantado a ambos lados del río que sale de la misma presencia rectora del Todopoderoso (Apo 22:1-2). El profeta Ezequiel había visto algo de esto y lo describe así en el capítulo 47 de su libro.

“1 Me hizo volver luego a la entrada de la casa; y he aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente; porque la fachada de la casa estaba al oriente; y las aguas descendían de debajo, hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar. 2 Y me sacó por el camino de la puerta del norte, y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, fuera de la puerta, al camino de la que mira al oriente; y vi que las aguas salían del lado derecho. 3 Y salió el varón hacia el oriente, llevando un cordel en su mano; y midió mil codos, y me hizo pasar por las aguas hasta los tobillos. 4 Midió otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta las rodillas. Midió luego otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta los lomos. 5 Midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado. 6 Y me dijo: ¿Has visto, hijo de hombre? Después me llevó, y me hizo volver por la ribera del río. 7 Y volviendo yo, vi que en la ribera del río había muchísimos árboles a uno y otro lado. 8 Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. 9 Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río.”  (Eze 47:1-9)
 
Ese río que Juan ve en el cielo describe que todo allí surge de la fuente de la pureza absoluta y eterna; el trono de Dios. La vida abundante, sin reservas y eterna llena todo el Jardín y toda la Ciudad celeste. Esto implica que el servicio que brindaremos allí será perfecto y absoluto porque no tendremos que lidiar con las distracciones producidas por el dolor ni el llanto. El servicio será perfecto porque no tendremos que trabajar con los impedimentos que produce nuestra naturaleza pecaminosa. El servicio será perfecto porque lo rendiremos delante del trono del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Estas descripciones apocalípticas amplían e intensifican el análisis de la presencia de Dios. El vidente de la isla de Patmos nos dice en el libro del Apocalípsis que veremos el cumplimiento de todas esas promesas en el cielo. No obstante, él nos adelanta en el Evangelio de Juan que no tenemos que esperar a llegar al cielo para comenzar a experimentar esto. Los creyentes en Cristo podemos comenzar a disfrutar de los beneficios del agua de la vida (Apoc 21:6-7; 22:17) mucho antes de llegar al cielo.

“37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.” (Jn 7:37-39)

Una de las claves para entender el significado de estas expresiones lo encontramos en la celebración, la fiesta a la que este Evangelio hace referencia. Juan identifica esa celebración como la fiesta de los tabernáculos (Jn 7:2). La Biblia dice que esta fiesta se celebraba por siete (7) días (Det 16:13). El agua ocupaba un lugar privilegiado en la celebración de esa fiesta. Los historiadores nos han enseñado que en el séptimo día de la fiesta el sacerdote que estaba oficiando le daba siete (7) vueltas al altar[1] cargando un tonel de agua tomada del estanque de Siloé.[2] Cuando concluía la sexta vuelta se le unía otro sacerdote cargando un tonel de vino. Al final de la séptima vuelta ambos subían la rampa para el altar del sacrificio y el pueblo les gritaba que subieran en alto ambos toneles antes de derramarlos sobre las escalinatas de esa rampa. Mientras más alto se encontraban los toneles, más fuerte se escuchaban los gritos de júbilo del pueblo. La altura de esos toneles representaba la altura del gozo de cada una de las personas reunidas allí, particularmente si estas podían ver el momento en el que los sacerdotes derramaban el agua y el vino. [3]

Es en medio de esta celebración que Jesús se levanta y realiza estas expresiones.  Esas expresiones comienzan con una clausula condicional: “si alguno tiene sed.” En otras palabras, que se trata de una acción potencial movida por la necesidad de aquellos que escuchan al Señor. Jesucristo plateó esa misma condición en el verso 17 de este capítulo cuando dijo lo siguiente:

“17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.” (Jn 7:17)

En otras palabras que el Evangelio no se impone. El Evangelio tiene que ser recibido voluntariamente. Nos mueve a aceptarlo el reconocimiento de nuestra necesidad; nuestra sed. Lo otro que nuestro Señor hace es que Él se coloca ante el pueblo como Aquél que tiene el agua que salta para vida eterna (Jn 4:13-15). Cristo es la roca de la que salta esa agua. Pablo lo identificó así en su Primera Carta a la Iglesia en la ciudad de Corinto:

“y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.” (1 Cor 10:4).

Claro está, esta invitación y esta descripción cristológica había sido descrita por los profetas del Antiguo Testamento. ¿Recuerda usted estas palabras proféticas?

“1 A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. 2 ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. 3 Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.” (Isa 55:1-3)

Un dato significativo en el que descansan todas estas promesas es que el único requisito para que estas se cumplan se llama fe: “El que cree en mí, como dice la Escritura” (Jn 7:38).  La fe descrita aquí es un ejercicio constante. La frase está escrita en tiempo presente.

En el Evangelio de Juan las implicaciones de esta fe y sus responsabilidades están descritas en el capítulo 15.

“1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. 2 Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. 3 Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. 6 El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. 8 En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:1-8)

Venimos a los pies del Salvador creyendo y nos mantenemos en su presencia creyendo.
La fe nos acerca a esa presencia viva, a la vida de Cristo en nosotros como dice el Apóstol Pablo en su carta a los Romanos.

“10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, más el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” (Rom 8:10-11)

Es difícil determinar cuál es el pasaje del Antiguo Testamento que Jesús está citando cuando dice “El que cree en mí, como dice la Escritura.” Dentro de las posibilidades encontramos “El que cree en mí, como dice la Escritura” encontramos Isa 44:3; 58:11; Ezeq. 47:1; Zac. 13:1; o 14:8.

“1 En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia.” (Zac 13:1)

“7 Será un día, el cual es conocido de Jehová, que no será ni día ni noche; pero sucederá que al caer la tarde habrá luz. 8 Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno. 9 Y Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre.” (Zac 14:7-9)
 


[1] Utley, R. J. (1999). The Beloved Disciple’s Memoirs and Letters: The Gospel of John, I, II, and III John: Vol. Volume 4 (pp. 76–77). Bible Lessons International.
[2] Gangel, K. O. (2000). John (Vol. 4, pp. 147–149). Broadman & Holman Publishers.
[3] https://israelmyglory.org/article/the-feast-of-tabernacles-in-the-days-of-jesus/


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