Reflexiones de Esperanza: Enseñanzas en la cueva- 12ma Parte: El valor del clamor

El Salmo 34 se ha convertido en una guía en la recta final de este periodo de aislamiento provocado por el COVID-19. Las enseñanzas que David recibió en la cueva de Adulam (1 Sam 22:1-3), nos han servido de guía en esta jornada. Las primeras, las basadas en los salmos 142 y 57(en ese orden), nos permitieron repasar exigencias terapéuticas y de transformación que este hombre experimentó en ese lugar. Las enseñanzas definidas y aplicadas en el salmo 34, nos permiten repasar el lugar que poseen en el creyente las disciplinas espirituales básicas tales como la adoración, la oración, la comunión con Dios y otras. Esto último se reviste de importancia, toda vez que el futuro rey de Israel llega a estas conclusiones antes de salir de la cueva, antes de conquistar la tierra y antes de ser entronizado como rey de Israel.

Debemos explorar esto una vez más. Vimos en las reflexiones más recientes que David tiene muchas opciones dentro de la cueva de Adulam. Este hombre nos permite conocer que él decidió renunciar a la queja, a la auto-conmiseración, a la ira y a la derrota. Al mismo tiempo, nos permite conocer que él decidió abrazar las opciones de las siguientes disciplinas espirituales:

Adoración
  • David nos testifica en el primer verso del Salmo 34 que él decidió adorar a Dios en cualquiera de los 28 tiempos que definen las Escrituras sapienciales (Ecle 3: 2-8).

Oración
  • David testifica que la cueva de Adulam se convirtió en una escuela para el desarrollo de la oración, de búsqueda y del clamor al Señor (Sal 34: 4, 6, 10, 15, 17).

La comunión íntima en el temor del Señor
  • David nos enseña que aprendió y enseñó en la cueva de Adulam el valor que posee buscar el rostro del Señor y de hacerlo con temor reverente (Sal 34:5, 8, 9, 11)

Estas disciplinas acompañaron a David durante el resto de su vida. Estas se convirtieron en herramientas básicas para el desarrollo de su relación con Dios, en los días buenos así como en los días que no lo eran. No olvidemos que David llega a todas estas conclusiones mientras se encontraba en la cueva.

David utiliza no menos de cuatro (4) dimensiones de la oración en este salmo. Estas son:

  • dârash” (H1875), verso cuatro (4) y verso 10
  • qârâʼ” (H7121), verso seis (6)
  • shavʽâh” (H7775), verso 15.
  • tsâʽaq” (H6817), verso 17

En las próximas reflexiones analizaremos estas cuatro dimensiones.

En esta reflexión trabajaremos un poco con el tema de la oración de manera general. La razón por la que hemos decidido seguir este orden es que este es un tema tan  importante como este se hace necesario ir de lo general a lo específico.

Este es un tema que hemos analizado en muchas ocasiones, no solo a través de las reflexiones escritas, sino en los sermones y en los estudios bíblicos. De hecho, la oración es sin duda uno de los temas más estudiados y de los que más se ha escrito a través de todas las generaciones. Algo que pretendemos lograr en esta reflexión es poder motivar a cada creyente en Cristo Jesús a estudiar con profundidad y sensibilidad este tema. Es por esto que aprovecharemos cada oportunidad que se nos presente para citar autores, recomendar algunas de las publicaciones, así como de las lecturas más relevantes sobre este tema.

El año 2013 lo iniciamos siguiendo el bosquejo de oración esbozado por Richard Foster en su libro “Prayer.” Vimos entonces que la oración es la respuesta al derramamiento perpetuo del amor con el que Dios asedia el alma de cada ser humano[1]. Los primeros seis meses de ese año los dedicamos a sumergirnos en la primera de las estaciones o movimientos de la oración que él describe: “moviéndonos hacia el interior.” Este movimiento define un proceso de búsqueda dentro de nosotros, ayudados por el Espíritu Santo y que procura identificar cuáles son las transformaciones que en realidad necesitamos. Las otras dos estaciones o movimientos descritos por Richard Foster son hacia arriba: la búsqueda de la intimidad con Dios y hacia afuera: la búsqueda del poder y la autoridad para cumplir con la Gran Comisión.

Decíamos en el 2013 que en esa búsqueda tenemos que convencernos de que necesitamos buscar de la presencia divina, necesitamos aprender a orar, necesitamos algunas claves para saber lo que es vivir la vida abundante que ofrece el Señor y por último, necesitamos ser restaurados. De hecho, el tema de la restauración se ha convertido para nosotros en un paradigma. En esta búsqueda sé muy bien que más de uno de nosotros ha aprendido a creer que Dios está presente en medio de los días en que la Gracia es evidente, así como en los días en que sentimos el peso de las pruebas y las vicisitudes que trae la vida. Sé muy bien que más de uno ha aprendido a hacer suya una de las oraciones que compartimos en esa serie de reflexiones y de predicaciones: la de un teólogo Escocés llamado John Baillie (1886-1960):

“Señor:

Permíteme usar el desaliento como recurso para la paciencia.
Permíteme usar el éxito como recurso para la gratitud.
Permíteme usar los problemas como recursos para la perseverancia.
Permíteme usar el peligro como recurso para la valentía.
Permíteme usar los reproches como recurso para la longanimidad.
Permíteme usar las alabanzas recibidas como recurso para la humildad.
Permíteme usar los placeres como recursos para la templanza.
Permíteme usar el dolor como recurso para ser más fuerte.” [
2]

Según Foster, la primera dimensión de la oración, el proceso de búsqueda en nuestro interior, refleja el rol de Dios el Hijo como nuestro Salvador y como nuestro Maestro. La segunda dimensión o movimiento de la oración refleja el rol de Dios el Padre, Creador y Rey del universo. La tercera dimensión o movimiento de la oración refleja el rol de Dios el Espíritu Santo como el que nos capacita con su poder para enviarnos en misiones para alcanzar el mundo con el mensaje del Evangelio.

Hay momentos en la vida en los que no tenemos duda de que hay que hacer la transición a la segunda dimensión o movimiento en la oración que postula Foster; “hacia arriba.” Esto casi siempre ocurre cuando los problemas que enfrentamos son más grandes y pesados que las fuerzas que tenemos.

Este es un movimiento en el que se busca la intimidad con Dios. Este periodo de aislamiento nos ha provisto la oportunidad para entender y disfrutar a plenitud este movimiento. Esto es así porque esta dimensión de la oración requiere internalizar que la oración siempre poseerá un alto porcentaje de misterio. Es por esto que Phillip Yancey, en su libro “Prayer” enfatiza que en la oración que se ofrece con humildad convergen la gratitud sin triunfalismos y la compasión sin manipulación, respetando siempre el misterio que rodea la oración.[3]

Esta dimensión o movimiento de la oración ha sido abrazada y analizada por una infinidad de gigantes de la fe a través de la historia. Uno de ellos, San Agustín, decía que la oración como un todo no es otra cosa que amor. Es un amor que manifestamos a Dios buscándole, exaltándole y confesando nuestra necesidad de su presencia. Es amor que Dios manifiesta, escuchando, respondiendo y bendiciéndonos con su tierna presencia.

Cuando Philips Brooke analizó esto, llegó a la conclusión de que la mayoría de los creyentes no ha logrado entender esto del todo. Es por eso, decía Brooke, que muchos creyentes se conforman con pedir muletas en vez de pedir alas.

P.T. Forsyth decía que este ejercicio de amor es tan transcendental que cuando el creyente lo alcanza, descubre al mismo tiempo que el pecado más grande del ser humano es una vida sin oración. Esto es así porque no orar es aceptar tácitamente una posición negativa acerca de Dios el Creador de los cielos y la tierra. No orar es declarar que no necesitamos de su poder ni de su intervención divina. Es por esto que Foster hace suyas las palabras de San Agustín cuando declara que la oración verdadera no sale de dientes que se chocan unos con otros, sino de corazones que caen a los pies del Señor enamorados de su gracia y de su presencia.
Por otro lado, levantar las manos en oración es el principio de una insurrección contra los desórdenes y el caos existente en la vida aquí. Así lo decía Karl Barth, un excelente teólogo alemán de principios del siglo 20. Orar nos convierte en aliados de Dios y en guerreros espirituales del reino. Esta transformación no obedece al desarrollo de una actitud beligerante y agresiva, sino a la capacidad de reflejar cada día más la gloria del Eterno. Blaise Pascal también se expresaba sobre esto cuando decía que Dios ha instituido la oración para conferir a cada creyente la dignidad de ser transformado en una causa.

Nos preguntamos: ¿cuántos creyentes habrán sido transformados en causas durante esta pandemia?

Lea esto bien. No se trata de ser causal, o sea, estar relacionado a una causa. Se trata de ser causativo. Lo que esto significa es que Dios quiere y puede convertirnos en causas instrumentales. O sea, servirle a Dios de instrumento. Él nos puede y nos quiere convertir en razones para que la gente que no cree en Él, decida rendirse a sus pies. Pascal decía que este era uno de los fines principales de la oración.

Al mismo tiempo, pero en otra dimensión, Teresa de Ávila decía que aprendemos a honrar a Dios cuando descubrimos esta dimensión de la oración: cuando le pedimos grandes cosas para el alma y el espíritu.

Ahora bien, hay dos lados importantísimos en esta dimensión de la oración. Estos lados, que corresponden a la oración de adoración son la gratitud y la alabanza. Con la acción de gracias damos gloria a Dios por las cosas que ha hecho y con la alabanza damos gloria a Dios por lo que Él es.

La Biblia está llena de modelos que sirven en cada uno de estos lados que acabamos de describir. Por ejemplo, en 1 Cró 16:4-36, David designa ministros de los levitas con unas funciones muy específicas: “para que recordasen y confesasen y loasen a Jehová el Dios de Israel.” Por otro lado, Moisés hizo lo mismo con la otra cara de la oración de adoración; la acción de gracias (Lev 7:12).

Estos gigantes de la fe tenían muchas cosas en común, y una de ellas era la capacidad que tenían para lo que Foster llama “atisbar en el corazón de Dios.” Richard Foster argumenta que si un creyente tiene la oportunidad de ver el corazón de Dios no podrá hacer otra cosa que alabarle y darle gracias con todas las fuerzas de su alma[4]. Esto es así porque al hacerlo se convencerá de que el corazón de Dios es sensible y tierno. Dios ha dicho que puede y quiere regocijarse sobre nosotros, cantarnos cánticos, callar de amor y restaurarnos.

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“16 En aquel tiempo se dirá a Jerusalén: No temas; Sion, no se debiliten tus manos. 17 Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. 18 Reuniré a los fastidiados por causa del largo tiempo; tuyos fueron, para quienes el oprobio de ella era una carga. 19 He aquí, en aquel tiempo yo apremiaré a todos tus opresores; y salvaré a la que cojea, y recogeré la descarriada; y os pondré por alabanza y por renombre en toda la tierra.”  (Sof 3:16-19, RV 1960)

Douglas Steere dijo que es en la escuela de la adoración que el alma aprende porqué los acercamientos a cualquier otra meta le dejan exhausta. Foster lo cita así en la página 81 de su libro. Si recordamos que adorar es aprender a ver la vida desde la perspectiva de Dios, entonces seremos capaces de encontrarle sentido a todos los escenarios en los que Dios decide colocarnos. Esto es así porque nuestra confianza emanará de saber que vamos de la mano del Eterno.

Esta dimensión de la oración abre las puertas para descubrir y recibir los misterios y las revelaciones del cielo. Esta dimensión abre las puertas para adentrarnos más en el corazón del Creador y conocer más de Él. Esta dimensión abre puertas para saborear esa voluntad de Dios que es agradable y perfecta. La invitación de hoy es a convertir esta cuarentena en un escenario para abrir el corazón y dejar que las manos del Eterno nos eleven hasta lo más reservado de su presencia.

Esta búsqueda en oración, hacia arriba, ha sido explicada en la Biblia de muchas maneras. Uno de los pasajes bíblicos más intensos acerca de este tema es el de Génesis 28:10-21: el sueño de Jacob.

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“11 Y llegó a un cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar. 12 Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. 13 Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. 14 Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. 15 He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho. 16 Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. 17 Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. 18 Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. 19 Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero. 20 E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, 21 y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. 22 Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti.”

¿Qué significado puede tener este sueño? En este pasaje los sabios de Israel han visto una explicación del proceso de oración. Una de las mejores explicaciones acerca de esto la encontramos en un libro escrito por Jonathan Sacks.[5] La oración aparece aquí como el portón para el cielo. Ponerse de pie para llegar a la escalera ha sido descrito como el primer movimiento de la oración. Aquellos que oran, están parados en la tierra para hacerlo. Esa es la etapa de la búsqueda interior, de las determinaciones, las necesidades, los anhelos, las fuentes de las lágrimas que nos conducen a la oración.

El segundo movimiento es ascender para llegar a estar ante la presencia consciente del Eterno. Es un ejercicio, espiritual, emocional y hasta físico. Este representa una batalla en la que hay mucho esfuerzo. Es una batalla porque, tal y como señala Jonathan Sacks hay que lidiar con los pensamientos y las emociones, hay que abandonar gradualmente el campo gravitacional de los que nos rodea, el mundo alrededor nuestro, el que es percibido por los sentidos.

En el tercer movimiento, descendiendo, regresamos a nuestras preocupaciones mundanales, a la arena de nuestras interacciones y con el compromiso de poner en acción aquello que hemos recibido del Altísimo. O como dice Sacks, reconociendo que hemos sido transformados por esa presencia. El cielo se ha conectado con la tierra a través de la oración.

Es aquí que Sacks realiza unas contribuciones que van más allá de todo lo que podemos esperar acerca de la oración. Él postula que para que el cielo se conecte con la tierra hace falta entender la reacción de Jacob.

El texto en español dice lo siguiente:

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“16 Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía.”  (Gn 28:16)

En el libro citado, este Rabino nos introduce en el campo del análisis bíblico para entender mejor lo que significa orar. En su exégesis Sacks propone que la frase que Jacob usa, “...ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía,” o está equivocada o está mal traducida.

El análisis que hace Sacks nos deja saber que la frase “y yo no lo sabía” es la traducción del hebreo “ve’ anokhi lo yadati.” “Yadati” significa “yo sabía” y “lo yadati” significa  “yo no sabía.” Por otro lado “anokhi” significa “yo,” lo que hace de su utilización la presencia de un doble pronombre; algo superfluo e innecesario. Una traducción literal tendría que lucir así: “Y yo, yo no sabía.”

Sacks decide entonces citar al Panim Yafot (el Rabino Pincjas Horowitz), quien nos ilustra al hacernos saber que no hay un error en el pasaje. De lo que esto se trata es de hacernos saber que para que Jacob pudiera reconocer que Dios estaba en ese lugar, él necesitaba un “ve’ anokhi lo yadati.” Esto es, Dios está en este lugar y de mí, yo no sabía. O sea, tal y como dice Sacks, no se puede encontrar lo mejor de la revelación de Dios en oración sin antes silenciar el yo. Orar eficazmente requiere  un “ve’ anokhi lo yadati;” de mí, yo no sabía.

Sólo así somos capaces de escuchar la voz de Dios y hacer que su mensaje y su dirección ocupen todas las agendas de nuestras vidas. Orar es entonces el ejercicio de acercarnos a esa escalera, comenzar a ascender por ella, alabando y presentando nuestras necesidades y opciones, para luego hacer silencio ante la Presencia de Aquél que está sentado en su trono, oír su voz y descender de allí trayendo con nosotros un pedacito del cielo para que este afecte todo lo que está alrededor nuestro.

¡Esta es la oración que es eficaz! ¿Por qué es tan eficaz?: porque nos transforma al silenciar nuestro “yo.”

Es aquí que encontramos que la oración no cambia a Dios: nos cambia a nosotros.
David encontró esto en la cueva de Adulam. ¿Qué hemos hallado nosotros?
Referencias

[1] Richard Foster. Prayer: Finding the Heart’s True Home. San Francisco: Harper, 1992, p.81.
[2] https://healthyspirituality.org/prayer-quote-of-the-week-john-baillie/. El escritor Phillip Yancey lo cita en su libro
titulado “Prayer: does it makes any difference.” Grand Rapids: Zondervan, 2006, p 240.
[3] Phillip Yancey. Prayer: does it makes any difference. Grand Rapids: Zondervan, 2006, p 221.
[4] Foster, Ibid. p. 85
[5] Sacks, Rabbi Sir Jonathan (2010-07-31). Genesis: The Book of Beginnings (Covenant & Conversation) (Kindle
  1. 185-192). . Kindle Edition.

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