Reflexiones de Esperanza: Efesios: el poder de la oración (Parte XVII)

“15 Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17 para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,”  (Efesios 1:15-18, RV 1960)
           
El análisis de la oración del Padre Nuestro nos ha sobrecogido. Hemos entrado a este en la búsqueda de herramientas para poder analizar con responsabilidad  las oraciones que Pablo nos regala en la Carta a Los Efesios. Creemos que si podemos escrutar con éxito la oración modelo que nos regaló Jesucristo, entonces se nos hará más fácil analizar las otras oraciones, las plegarias y los ruegos que encontramos en la Biblia.

Las peticiones acerca de nuestras necesidades de pan, de perdón, de dirección y de liberación que aparecen en el Padre Nuestro, han acaparado el centro de estas reflexiones. El análisis más reciente nos insertó en la exégesis de la petición para pedir perdón por nuestros pecados. Vimos que la Biblia dice que la sangre de Cristo nos perdona de todos nuestros pecados. No obstante, también vimos en esa reflexión  que en la oración del Padre Nuestro Jesucristo privilegió el uso del concepto “opheilēma” (G3783) para referirse al pecado. Sabemos que este concepto significa las deudas y los deberes que tenemos, las obligaciones que contraemos y que no podemos pagar. Como decíamos en la reflexión anterior, se trata de los deberes con Dios, los deberes con el prójimo, con la naturaleza, con uno mismo.

Jesucristo utilizó este concepto porque cuando pecamos estamos en deuda con Dios. O sea, que se trata de una deuda moral que surge como resultado de nuestro pecado. Esta puede ser interpretada como la culpa por nuestras trangresiones y nuestras ofensas. Desde este punto de vista el pecado es una deuda porque tenemos que ser castigados si no pagamos el precio de este o si alguien no decide pagar por nosotros[1]. Sabemos que esa deuda es impagable porque la Biblia dice que la paga del pecado es muerte (Rom 6:23). La buena noticia es que Cristo pagó el precio por nuestros pecados, por nuestras deudas, en la cruz del Calvario.

La reflexión anterior concluyó con aseveraciones que subrayaban que el perdón que ofrece el Padre a través del sacrificio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es en sí mismo la posibilidad de comenzar de nuevo. La acción de remitir (“aphiēmi”, G863), de perdonar, nuestras deudas, es un asunto de la gracia de Dios permitiendo que nosotros podamos comenzar de nuevo; una vida nueva (2 Cor 5:17).

Ermes Ronchi apunta que esto es así porque el perdón que se busca en esta oración, el que ofrece el Padre a través del sacrificio de Cristo, engendra un futuro de esperanza. Se trata, según Ronchi, “de la fidelidad, de la irreducible fidelidad de Dios” [2]: de ese Dios que no se detiene, para el que todo el mundo tiene la oportunidad de ser hallado y de ser perdonado. Se trata de ese Dios perdonador que no se rinde, que no capitula, que no se desarma: que siempre está ofreciendo posibles nuevos comienzos por Su gracia. O sea, que no hay nadie que esté definitivamente perdido o sin esperanza de salvación.
             
No obstante, todos los exégetas bíblicos señalan que la frase complementaria de esta petición, la de ser perdonados, es la que lleva el acento de la misma.
 
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:12)
             
Según esta expresión el problema no es el perdón que ofrece Dios a través de Cristo. La Biblia dice que el que se acerca a Dios, aquél que viene a Él buscando ese perdón, siempre lo hallará (Jn 6:37). El problema reside en el perdón fraternal, proximal, el perdón del prójimo que se está describiendo aquí.
 
Este es un tema recurrente en la Palabra del Señor. Por ejemplo, el Evangelio de Mateo nos presenta un instante en el que Pedro le preguntó a Jesucristo cuántas veces tenía que perdonar a un hermano que pecara contra él (Mat 18:21). La respuesta que Jesús le ofreció a Pedro lo dejó sin palabras. El texto de ese Evangelio nos presenta la siguiente respuesta:
 
“22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.” (Mateo 18:22)        
 
Esta respuesta necesita ser ampliada.  El número siete (7) es sinónimo de la plenitud en el contexto judío. Este número está representado por la letra “zayin.” Sabemos que hay muchas personas que ignoran que este no es el único número perfecto que existe en ese contexto. El número 10 es también un número perfecto[3] en el contexto judío. Este número está representado por la letra “yud.”
 
Algunos de los ejemplos que destacan la importancia de este número en las Escrituras incluyen que el número 10 está ligado a los relatos de la creación en el libro del Génesis. La frase “dijo Dios” aparece en 10 ocasiones en los capítulos uno (1) y dos (2) de ese libro. Además, hay que considerar que son 10 los mandamientos y que el cordero para la pascua se seleccionaba el décimo día del primer mes del año Judío (Éxo 12:3). Añadimos a estos datos que la generación de Noé era la décima generación antes del diluvio y son 10 las plagas que atacaron a Egipto.
 
Desde esta perspectiva, el número 10 representa la responsabilidad del hombre.
 
Desde el punto de vista de la letra que representa este número, “yud”, tenemos que empezar diciendo que esta es la letra más pequeña del alfabeto o el alefato judío. Algunas fuentes señalan que esa letra simboliza la mano de Dios. Esto es, el símbolo de cómo la mano de Dios trabaja e interactúa en la vida del ser humano, siempre presente, pero sin forzarlo.[4]
 
Decir setenta veces siete (70 X 7) es lo mismo que decir siete (7) por siete (7) por diez (10). O sea, plenitud por plenitud por la intervención de la mano de Dios. También podría definirse como plenitud por plenitud por el nivel de responsabilidad del ser humano.
 
Es obvio que la respuesta que Jesucristo le ofreció a sus discípulos no es una respuesta aritmética. Esta es una respuesta metafórica e implica que el perdón que tenemos que ofrecer no posee límites. Esto plantea, entre otras cosas, que la medida del perdón es perdonar sin medida.
 
Esta respuesta marcó de tal modo a los discípulos que en un pasaje paralelo a este, el del Evangelio de Lucas, los discípulos reaccionaron diciéndole a Jesucristo que necesitaban que se les aumentara la fe para poder cumplir con este requisito: este requisito del reino de los cielos.
 
“4 Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale. 5 Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe.” (Lucas 17:4-5)          
 
Esta reacción de los discípulos describe que la capacidad para perdonar a los demás conforme a los requisitos del reino de los cielos es el producto de la operación del Espíritu Santo en la vida del creyente. Recordemos que la fe es definida en la Biblia entre otras cosas, como certeza y convicción (Heb 11:1),  y como la victoria que vence al mundo (1 Jn 5:4). La petición de los discípulos revela que ellos creían que necesitaríamos un aumento en la fe, fe reaprovisionada, para poder cumplir con este requisito.
 
La respuesta que Jesucristo les ofrece valida estas aseveraciones, pero inserta algunas correcciones:
 
“6 Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería.” (Lucas 17:6)

Jesucristo valida que se requiere fe para hacer esto, pero les corrige el asunto de la cantidad de fe  necesaria para poder conseguirlo. Jesús les dice que no se trata de poseer cantidades de fe, sino de saber cómo utilizarla. O sea, de cómo podemos ponerla en acción.
             
La petición acerca del perdón que aparece en el Padre Nuestro se transforma cuando la enfocamos desde esta perspectiva: la de la fe. Esta petición queda inmersa en la dimensión de la fe que capacita, que empodera y que nos conduce a obedecer. Esa petición expresa que anhelamos ser perdonados de la misma manera en que nosotros hemos perdonado (“aphēkamen”).[5] O sea que no se trata de pedir perdón para entonces ir a perdonar a aquellos que nos ha fallado. Se trata de venir ante el Padre para pedir su perdón luego de haber perdonado a aquellos que nos han ofendido.
 
Como bien ha dicho Ermes Ronchi,[6] los seres humanos no siempre logramos perdonar de corazón; se nos hace muy difícil poder hacerlo. Ronchi destaca que los espacios de nuestra paz, en este contexto, se parecen en muchas ocasiones a los espacios que existen entre asalto y asalto en una pelea de boxeo. Esto es, dejamos de luchar por un momento, para retomar el aliento y luego volver a la lucha, al combate. Esto nos lleva a ver la acción de perdonar como un ejercicio en el que conservamos las ofensas que hemos sufrido como municiones preparadas, alistadas para el próximo combate.
 
Es entonces que Ronchi agiganta su contribución, cuando dice lo siguiente:
 
“Perdonar de corazón implica una purificación, una virginidad de la memoria. Pero hay un camino para perdonar de corazón: es el estilo de Cristo.”[7]
 
Esta es una de las razones por las que necesitamos la fe en acción para poder perdonar. Los creyentes en Cristo creemos que la operación del Espíritu Santo en nuestro interior nos dirige a esa transformación. Es el Espíritu Santo el que forma a Cristo en nosotros. No olvidemos que perdonar de la manera que ha sido descrita aquí requiere parecerse a Cristo (Gál 4:19). Es el Espíritu Santo el que produce en nosotros el querer como el hacer (Fil 2:13).
 
No podemos olvidar que la petición del perdón que estamos analizando, la que aparece en el Padre Nuestro, conecta nuestro perdón con el perdón que le otorgamos los demás; a los que nos ofenden. Es muy interesante saber que esta relación no está ensamblada sobre las bases del temor. O sea, que no procedemos a perdonar a los que nos han ofendido porque tememos que no nos perdonarán si no lo hacemos. Esta relación está basada sobre la necesidad que tenemos de ser perdonados y la confianza que tenemos de que el Padre nos va a perdonar:
 
“9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”  (1 Juan 1:9)
 
“1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 2 Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. 3 Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.” (1 Juan 2:1-3)
 
Esta seguridad, la que produce el amor perdonador de Dios, nos conduce a desarrollar sentimientos de conciliación con nuestro prójimo porque nos podemos ver reflejados en ellos. El Espíritu Santo provoca que veamos la necesidad que ellos tienen de ser perdonados a la luz de nuestra necesidad de recibir el perdón que nace del corazón de Dios.
 
Esto nos lleva a concluir con un aspecto medular de la segunda petición que aparece en el Padre Nuestro referente a nuestras necesidades. Se trata de la aceptación implícita de que estamos pidiendo perdón, aceptando que la intervención del Espíritu Santo nos ha redargüido para procurar ser perdonados. Al mismo tiempo, pedimos perdón aceptando que es el Espíritu Santo el que nos ha procesado para que perdonemos a aquellos que nos han ofendido.
 
¿Por qué es necesario ver así este escenario del perdón? La respuesta para esta pregunta no es muy complicada. Según la oración del Padre Nuestro la petición que hacemos para ser perdonados estila que queremos ser perdonados de la misma manera en que hemos perdonado. Subrayamos que el perdón que buscamos es sinónimo de liberación. Además, el perdón que buscamos es uno en el que anhelamos que no se nos tome en cuenta nuestro pecado. O sea, que se cumpla la palabra dicha por el profeta Miqueas:

  “18¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. 19 Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.”  (Mique 7:18-19)
 
O sea, que queremos ser perdonados para experimentar liberación y sabiendo que nuestras deudas han sido borradas de la memoria de Dios.
 
La alegría y el gozo que publican las aseveraciones que encontramos en la oración del Padre Nuestro es que podemos conseguir que todas estas se conviertan en realidad en nuestras vidas. Basta entender que Jesucristo las incluyó en este modelo de oración. Nuestro Señor nunca pondría un imposible como una escala o una meta para alcanzar. La presencia y la participación del Espíritu Santo en estos procesos de oración garantizan que lo vamos a conseguir. Alcanzamos ser perdonados por la gracia y la misericordia de Dios. El Espíritu Santo nos dirige a ellas. Alcanzamos perdonar como queremos ser perdonados. El Espíritu Santo nos conduce a un proceso de transformación en el que Cristo es formado en nosotros. Este proceso nos lleva a aprender y a anhelar perdonar como hemos sido perdonados.    
Referencias

[1]  Tehan, T., & Abernathy, D. (2008). An Exegetical Summary of the Sermon on the Mount (2nd ed., p. 117). Dallas, TX: SIL International.

[2] Ermes Ronchi. El canto del pan. Cinisello Bálsamo(Milano): Edizioni San Paolo 2002, Salamanca España: Ediciones Sígueme 2005, (pp. 88-91).
   
[3] https://www.biblestudy.org/bibleref/meaning-of-numbers-in-bible/10.html.
   
[4] https://www.reliefsocietywomen.com/blog/2008/11/17/the-word-for-the-number-ten-in-hebrew/.
   
[5]  Este es un verbo (“aphiēmi”, G863) conjugado como un aoristo indicativo activo en primera persona plural. O sea, que la acción se repite constantemente.
   
[6] Ermes Ronchi. El canto del pan…Ibid. p. 91.
   
[7] Ibid. p. 93.

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