831 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 16 de enero 2022

Un año nuevo: un año de sanidad y de restauración, de revelación y de transformación.
 (Pt. 3) Reflexión por el Pastor/Rector: Mizraím Esquilín-García
831 • El Heraldo Digital – Institucional • Volumen XVII • 16 de enero 2022

 

“3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jer 33:3)
            La promesa que Dios nos hace a través del profeta Jeremías trasciende todas las capacidades humanas que nosotros podamos tener. Este profeta dice que las puertas celestiales que abre el clamor al Señor son insondables e inescrutables. Para comprobar esta aseveración basta considerar el verso tres (3) del capítulo 33 de ese libro, el que aparece en el epígrafe, en otras versiones bíblicas:

 “2 «Este es un mensaje del SEÑOR que creó la tierra, el SEÑOR que la colocó con firmeza en su lugar. Su nombre es YAVÉ. Él dice: 3 “Llámame a mí, que yo te responderé. Te contaré secretos grandiosos e inimaginables que tú no conoces”.” (Jer 33:3, PDT)
“2 «Yo, el Señor, que hice la tierra, la formé y la coloqué firmemente en su sitio, te digo: 3 Llámame y te responderé, y te anunciaré cosas grandes y misteriosas que tú ignoras.” (DHH)


            Esa promesa implica la revelación de algo mucho más grande que conocer las noticias de mañana, y los secretos celestiales. Se trata de la revelación de lo que existe en lo profundo del corazón de Dios. Estas son revelaciones que sirven como herramientas para el crecimiento y del desarrollo espiritual personal e institucional. Esa promesa implica el desarrollo de áreas de oportunidad nunca antes vistas.

Esta promesa, entre otras cosas, trata acerca de la validación y la expansión de la palabra dada al Apóstol Pablo y al profeta Isaías. El Apóstol Pablo le dijo lo siguiente a la Iglesia de Corinto acerca de esta promesa:

“7 Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, 8 la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. 9 Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman. 10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”  (1 Cor 2:7-10)
 
            Los versos nueve (9) y 10 de esa porción de esta Carta a Los Corintios son descritos en la versión bíblica Dios Habla Hoy utilizando unos acentos extraordinarios.
 
 “9 Pero, como se dice en la Escritura: «Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.» 10 Éstas son las cosas que Dios nos ha hecho conocer por medio del Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de Dios.”

            Una vez más, Pablo está validando que el clamor al que Dios nos invita a través del profeta Jeremías incluye la revelación, la enseñanza de las “cosas más profundas (“bathos”, G899) de Dios”, cosas que solo el Espíritu Santo puede dar a conocer. Él es el Maestro que enseña estas cosas y sin ese Maestro no podríamos tener acceso a algo que no solamente es insondable sino incomprensible. Así lo describe el Apóstol Pablo cuando le decía lo siguiente a la Iglesia en Roma:
“33 ¡Oh profundidad (“bathos”, G899) de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! 34 Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (Rom 11:33-34)

Es acerca de esas riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios que el Señor nos quiere enseñar. Es acerca de esos juicios insondables y de esos caminos inescrutables que Dios quiere darnos revelación. El profeta Jeremías nos dice que esto se consigue clamando al Señor.
Estos datos preliminares nos permiten concluir que necesitamos revisar nuestras estructuras y nuestras metodologías de oración. Tal vez hemos dedicado gran parte del ejercicio de esta disciplina espiritual para trabajar “con los panes y los peces”, o con las necesidades del alma. El llamado que nos hace el Señor para este año es a que nos “arriesguemos,” nos atrevamos a pedir que el Espíritu Santo nos de revelación de las cosas más profundas de Dios.

Las palabras que Pablo comparte con la Iglesia que estaba localizada en Corinto, el istmo de la península del Peloponeso, dicen que no se requiere ser perfecto para recibir esta esta clase de enseñanzas. Lo que se requiere es amar al Señor. Claro está, la revelación del Espíritu Santo sin duda alguna va a provocar perfección en el creyente.

Este tipo de revelación, de enseñanza, es un tema recurrente en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, fue el profeta Isaías el autor de las palabras que Pablo le compartió a la Iglesia en Corinto acerca de la revelación de “cosa que ojo no vio ni oído oyó” que el Señor tienen disponible para aquellos que le aman:
“1 ¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes, 2 como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblasen a tu presencia! 3 Cuando, haciendo cosas terribles cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti. 4 Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera.” (Isa 64:1-4, RV 1960)
             Uno de los datos relevantes de esta cita del profeta Isaías radica en el contexto en el que él expresa estas cosas. Este profeta dice, al mismo tiempo, que él reconocía que las crisis que el pueblo de Judá estaba experimentando eran el producto del pecado del pueblo (Isa 64:5b). La condición espiritual de ese pueblo era tal que el profeta lo compara con algo inmundo, algo marchitado e inestable:
“Todos nosotros nos volvimos como alguien impuro, todas nuestras obras justas son como una toalla higiénica sucia. Todos nosotros como una hoja nos marchitamos y caemos. Nuestros pecados nos arrastran como el viento.” (Isa 64:6, PDT)

 El profeta añade que la dureza y la crudeza de esa realidad no podía ocultar que el pueblo continúa siendo propiedad de Dios, que el Señor es su Padre y que ellos son barro en la manos del Eterno (vv. 7-8). Es entonces que el profeta dice algo que luce atrevido, pero que es extraordinario:
“10 Tus santas ciudades están convertidas en desierto, Jerusalén está en ruinas, destruida. 11 (10)

Nuestro santuario glorioso, donde nuestros padres te alababan, quedó destruido por el fuego. ¡Todo lo que más queríamos está en ruinas! 12 (11) Y ante todo esto, Señor, ¿no vas a hacer nada? ¿Te vas a quedar callado y vas a humillarnos hasta el extremo?”    (DHH)
¡Extraordinarias expresiones de este profeta!: “Señor, ¿no vas a hacer nada? ¿Te vas a quedar callado y vas a humillarnos hasta el extremo?” Isaías le dice algo más a Dios: “¡Mira que somos tu pueblo!” (Isa 64:9)

Estas descripciones parecen una imagen de espejo de las realidades que experimentamos hoy. Basta mirar la realidad de una sociedad posmoderna incapaz de querer mirar y buscar a Dios aun en medio de la pandemia provocada por el COVID-19. A esto añadimos la inestabilidad y el aumento desmedido de conductas malsanas e inmundas que encontramos en todas partes. Es más, no podemos negar que batallamos constantemente con el aumento incuestionable de la inestabilidad mental, emocional, familiar e institucional en nuestros países. Esto se ha recrudecido durante esta pandemia.

Lo que el profeta Isaías hace aquí es una representación de las expresiones del hombre de Dios que el Señor espera de nosotros. No podemos olvidar que la persona que está levantando estas expresiones es la misma que había decidido llegar al templo a llorar la muerte de su amigo el rey Uzías. Habla aquél que fue sorprendido allí con una revelación de la santidad y de la majestad de Dios. Es más, se expresa aquél que fue comisionado en ese mismo lugar para servirle de emisario a Dios (Isa 6:1-8).

Ese hombre se cuestiona y le pregunta al Todopoderoso si Dios se va a quedar callado, si Dios no va a ser nada al respecto. Hay que afirmar que Dios nos está llamando a que reaccionemos como reaccionó Isaías.

Es curioso el hecho de que todas estas aseveraciones estén precedidas por la afirmación de que Dios ha determinado revelar cosas que nadie ha escuchado ni percibido antes. Estas cosas actuarán en favor de aquellos que confían en el Eterno:
“Fuera de ti, desde tiempos antiguos nadie ha escuchado ni percibido, ni ojo alguno ha visto, a un Dios que, como tú, actúe en favor de quienes en él confían.” (Isa 64:4, NVI)
Esto es, que el Señor estaba ofreciendo la receta celestial para la sanidad antes de que el profeta admitiera la enfermedad que sufría el pueblo.

Sabemos que uno de los principios básicos para que los seres humanos puedan recuperar su salud es la necesidad de admitir sus enfermedades. No obstante, lo que hace de este pasaje bíblico uno glorioso es que Dios haya decido emitir la receta antes de que Isaías admitiera la condición de salud existente, así como la necesidad de la intervención divina.

Este pasaje bíblico dice que la revelación de las cosas más profundas de Dios traen sanidad al pueblo, las familias y a los hombres y mujeres que se acercan a Dios. O sea, que la ausencia de salud en el pueblo es sin duda alguna un síntoma de la ausencia de esa revelación y de la búsqueda de esta. Nos preguntamos: ¿habrá ausencia de esa clase de revelación en el tiempo en el que nos ha tocado vivir?

El profeta Jeremías dice que la solución a esta crisis reside en el clamor. Una vez más, no se trata del clamor para que Dios sane al pueblo Se trata del clamor para que Dios le de revelación a Su pueblo. La enseñanza, la revelación que trae el Espíritu Santo propiciará y garantizará la salud holística necesaria.

Regresemos a las aseveraciones que hace el Apóstol Pablo acerca de esta clase de revelación: “las cosas más profundas de Dios.” Tenemos que destacar que él vuelve a utilizar el concepto que describe la profundidad (“bathos”, G899) de esas revelaciones. Este Apóstol lo hace en una de las oraciones, en uno de los ruegos que él levanta a favor de la Iglesia que se encontraba en la ciudad de Éfeso. En esa carta él dice que estaba orando por esa Iglesia para que esa Iglesia pudiera experimentar la vida de Cristo por la fe y que pudiera vivir una vida cimentada y arraigada por el amor del Salvador. El propósito de ambas cosas era que esto haría posible que esa Iglesia pudiera ser capaz de comprender cosas que superan toda clase de conocimiento humano.

Veamos cómo recoge estas aseveraciones paulinas la versión Palabra de Dios para Todos:
“14 Por eso me arrodillo para orar ante el Padre, 15 de quien toda familia en el cielo y en la tierra recibe su verdadero nombre. 16 A él le pido que en su infinita grandeza les conceda a ustedes fortaleza interior a través del Espíritu. 17 Pido al Padre que Cristo viva en ustedes por la fe y que su amor sea la raíz y el cimiento de su vida. 18 Así podrán comprender con todo el pueblo santo de Dios cuán ancho y largo, cuán alto y profundo, es su amor. 19 El amor de Cristo es tan grande que supera todo conocimiento. Pero a pesar de eso, pido a Dios que lo puedan conocer, de manera que se llenen completamente de todo lo que Dios es.” (Efe 3:14-19, PDT)

            Recordemos que Pablo está orando para que esto acontezca. A base de ese contexto tenemos que concluir que la oración es la clave para recibir esta clase de conocimiento. Esto es cónsono con lo que dice el profeta Jeremías cuando señala que el Todopoderoso quiere enseñarle “cosas grandes y ocultas que tú no conoces” a aquellos que claman a Dios (Jer 33:3b).
Esta expresión que se traduce aquí como cosas grandes y ocultas provienen de la traducción de dos conceptos hebreos. A saber, “gâdôl” (H1419) y “bâtsar” (H1219). El primero describe algo que es grande y/o que es más grande en términos de tiempo. El segundo describe algo que es inaccesible, que está aislado, que ha sido ocultado, que ha sido reprimido o que es contenido, que es secreto o que ha sido cortado[1].

Es interesante el dato que el concepto “bâtsar” también se utilice para describir la acción de recoger racimos de uvas (Lev 25:5, 11; Deut 24:21; Jue 9:27).

Este concepto describe cosas inaccesibles, como las ciudades amuralladas (Num.13:28; Deut 1:8; 3:5; Jos 14:12; 2 Sam 20:6; Isa 25:2). Además, se utiliza para describir el proceso de extracción de las minas de metales preciosos como el oro y la plata. [2] O sea, que el clamor nos permite “extraer” las riquezas del corazón de Dios.

Un dato interesante es que es utilizado en el libro de Job para describir que no existen cosas inaccesibles ni ocultas para Dios:
“2 Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2)
Ese pasaje dice que este patriarca había estado vedado de recibir esta clase revelación. Su enfermedad, sus pérdidas, su temor y sus corajes no le habían permitido ser capaz de recibir esa clase de revelación. Es por esto que él admite que había estado hablando sin entendimiento, que tiene que clamar para que Dios le enseñe cosas maravillosas que él no había comprendido. Además, él reconoce que había oído acerca de Dios, pero que no le había visto en esta dimensión que el Espíritu le estaba revelando.


“3 ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. 4 Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. 5 De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven.” (Job 42:3-5)


 Esto n os lleva a concluir que un manejo equivocado de las enfermedades, de los temores y de los corajes puede oscurecer esa revelación.

¿Cómo podemos corregir todo esto? El profeta Jeremías lo dice de manera categórica:
“2 «Este es un mensaje del SEÑOR que creó la tierra, el SEÑOR que la colocó con firmeza en su lugar. Su nombre es YAVÉ. Él dice: 3 “Llámame a mí, que yo te responderé. Te contaré secretos grandiosos e inimaginables que tú no conoces”.” (Jer 33:3, PDT)

  [1] Whitaker, R., Brown, F., Driver, S. R. (Samuel R., & Briggs, C. A. (Charles A. (1906). In The Abridged Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon of the Old Testament: from A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament by Francis Brown, S.R. Driver and Charles Briggs, based on the lexicon of Wilhelm Gesenius. Houghton, Mifflin and Company.
[2] Gesenius, W., & Tregelles, S. P. (2003). In Gesenius’ Hebrew and Chaldee lexicon to the Old Testament Scriptures (pp. 134–135). Logos Bible Software.
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