Reflexiones de Esperanza: Efesios: la estructura de la primera oración en esta carta (Parte XIII)

“18 Pido que Dios les ilumine la mente, para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da al pueblo santo, 19 y cuán grande y sin límites es su poder, el cual actúa en nosotros los creyentes. Este poder es el mismo que Dios mostró con tanta fuerza y potencia 20 cuando resucitó a Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo,” (Efesios 1:18-20, Dios Habla Hoy)

Nuestra reflexión anterior fue dedicada a analizar la petición del concepto “epignōsis” (G1922) que Pablo hace a favor de la Iglesia en Éfeso. Este vocablo griego se traduce como conocimiento y también puede ser traducido como conocimiento de la fuente de la información que recibimos.[1] Vimos en esa reflexión que es por esto que este concepto trasciende la dimensión de conocer los datos y la información. Nosotros conocemos la fuente, porque conocemos a Cristo, el Dador de la información, Aquél que revela la verdad.
 
La Carta a Los Efesios nos permite saber que el Apóstol Pablo le pidió a Dios que bendijera esa Iglesia con esa clase de conocimiento. Esto es, poder conocer al Señor cada vez más.
 
La próxima petición paulina que encontramos en esta oración es por la esperanza.
 
“Pido que Dios les ilumine la mente, para que sepan cuál es la esperanza a la que han sido llamados”  (Efesios 1:18, DHH)
 
Debemos señalar algo que nos parece muy relevante. El apóstol no debía tener que pedirle a Dios que alumbrara los ojos del entendimiento de esa Iglesia (RV1960) para que pudieran conocer algo que ellos ya conocían. Si Pablo le pide a Dios revelación de la esperanza, es porque esa Iglesia no conocía a cabalidad el significado de esta.
 
Tenemos que añadir que la esperanza es un tema muy importante para el Apóstol Pablo. Tanto así que en lo encontramos en 38 ocasiones en 33 de los versos que componen las epístolas paulinas.
 
El concepto griego preferido por Pablo en esas cartas es “elpis” (G1680). Sobre este concepto Platón decía que la existencia del ser humano es determinada por algo que va más allá de la percepción, de lo que se siente, lo que uno escucha y/o las habilidades del intelecto. Él decía que nuestra existencia también está determinada por nuestra memoria, aquello que recordamos y la expectación que tenemos del futuro. El concepto “elpis” (esperanza) es el que los griegos utilizaban para definir esa expectación. O sea, que para ellos el tener esperanza, tener la expectación de que el futuro será gratificante y que será bueno es vital para definir nuestra existencia. De hecho, Filón decía que había un enlace directo entre la esperanza y el gozo.[2]
 
Uno de los problemas que los griegos tenían que manejar era que ellos creían que solo los dioses podían tener un “elpis,” una esperanza que no condujera al error. Los griegos creían que los seres humanos no gozamos de esa capacidad. El mensaje del Evangelio se separa de esa postura griega.
 
Permítanos ampliar esta aseveración. Es correcto afirmar que nuestra esperanza está fijada en Dios. O sea, que podemos tener esperanza aunque nuestro presente sea uno incierto y oscuro porque nuestra esperanza viene de Dios. Un ejemplo de esto lo encontramos en el mensaje que Job recibe al principio de sus crisis:
 
“18 Tendrás confianza, porque hay esperanza; Mirarás alrededor, y dormirás seguro. 19 Te acostarás, y no habrá quien te espante; Y muchos suplicarán tu favor.”  (Job 11:18-19 RV 1960)
 
“7 Porque hay esperanza para un árbol cuando es cortado, que volverá a retoñar, Y sus renuevos no le faltarán. 8 Aunque envejezcan sus raíces en la tierra, Y muera su tronco en el polvo, 9 Al olor del agua reverdecerá Y como una planta joven echará renuevos.” (Job 14:7-9, NBLA)
               
Estos versos dicen que nuestra esperanza no depende ni puede ser afectada por las tribulaciones que podamos estar enfrentando. Estos versos dicen que un árbol puede reverdecer ante el “olor de la lluvia,” antes de que haya comenzado a llover. Podemos ser objeto de burla, pero nuestra esperanza no se anquilosa porque ella depende de las promesas que hemos recibido de Dios.
 
Nuestra esperanza está en Dios:
 “7 Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti.” (Salmos 39:7) 

Nuestra esperanza es de Dios:
 “5 Alma mía, en Dios solamente reposa, Porque de él es mi esperanza.” (Salmos 62:5)
 
Dios es nuestra esperanza:
“6 Del consejo del pobre se han burlado, Pero Jehová es su esperanza.” (Salmos 14:6)
 
“5 Con tremendas cosas nos responderás tú en justicia, Oh Dios de nuestra salvación, Esperanza de todos los términos de la tierra, Y de los más remotos confines del mar.” (Salmos 65:5)
   
El pueblo Judío podía realizar estas aseveraciones porque para ellos la esperanza era mucho más que la capacidad para esperar por el futuro. El pueblo Judío hablaba de la esperanza utilizando con mucha frecuencia el concepto “tiqvâh” (H8615) que literalmente significa “cuerda” o “soga.”[3] Hay otros conceptos hebreos para hablar acerca de la esperanza, pero este es el más común en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. O sea, que uno de los conceptos más utilizados para describir la esperanza la define como una cuerda de la que uno se puede agarrar y sostener. En otras palabras, que no se trata de un ejercicio mental, visual o etéreo, sino de algo tangible de lo que podemos agarrarnos con santa expectación.[4]
 
Este concepto se agiganta en el mundo del Nuevo Testamento. El griego del Nuevo Testamento utiliza el concepto “elpis” que viene del concepto “elpō” que significa anticipar, usualmente con placer.
 
En otras palabras, que se trata de la expectación de la llegada de algo a lo que le daremos la bienvenida, la expectación de que esto poseerá los matices de aquello con lo que contamos (Lcs. 6:34; 1 Cor 9:10; 2 Cor 8:5; 1 Tim. 3:14) y la expectación de que esto proviene del amor de Dios.[5]
 
Tenemos que entender que los creyentes somos invitados en el Evangelio a vivir una vida en la que no necesitamos una revelación de lo que nos sucederá en el futuro. Sabemos que hay unas promesas escatológicas seguras. Sabemos que no hemos sido llamados a vivir ignorando lo que acontecerá luego de que el Señor nos llame a Su presencia o que regrese por Su pueblo. Sin embargo, también sabemos que nuestra esperanza no depende del conocimiento que podamos tener acerca del futuro. Nuestra esperanza está en Dios y viene de Dios.
 
A diferencia de los griegos, nuestra existencia no está determinada por nuestras percepciones, por las memorias que podamos tener del pasado, ni por lo que esperamos en el futuro. Si nuestra esperanza está fijada en Dios, entonces ella abraza al mismo tiempo los tres (3) elementos de expectación del futuro y lo hace con confianza y con la paciencia para esperar.
 
Además, Dios es tan bondadoso que ha dispuesto que la esperanza del creyente esté dentro de nosotros: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria,” (Colosenses 1:27b).
 
Pero hay más, mucho más. Cuando la esperanza del creyente, el “elpis”, se une a la fe (“pistis”, G4102), estas constituyen, le dan forma a la existencia del creyente en Cristo.  Es acerca de esto que Pablo le habla a la Iglesia en Roma cuando dice lo siguiente:
 
“13 Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.” (Romanos 15:13)
               
Ahora bien, la Biblia dice que la fe en Cristo no puede operar sin el amor de Dios: “la fe que obra por el amor” (Gál 5:6b). Por lo tanto, la combinación de la fe, el amor y la esperanza son los elementos constitutivos que definen al Cristiano. Una vez más, la fe y la esperanza definen la existencia del creyente y estas dos (2) unidas al “agapē” (G26), al amor de Dios, son los elementos que describen quiénes somos. Es así que Pablo describe a la Iglesia en Tesalónica y a la Iglesia en Corinto.
 
“2 Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones, 3 acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo.”  (1 Tesalonicenses 1:2-3, RV 1960)
 
“13 Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.”  (1 Corintios 13:13, RV 1960)
   
He aquí el porqué del énfasis de Pablo en la oración que hace por la Iglesia en Éfeso. Esta Iglesia poseía y manejaba con mucha destreza dos (2) de estos elementos: la fe y el amor. Sin embargo, ella no conocía a cabalidad la esperanza a la que habían sido llamados (Efe 1:18).
 
Debemos comprender que la esperanza Cristiana es esperanza de resurrección. Dios nos ha prometido que resucitaremos y garantizó esto con Su resurrección; la muerte ha sido sorbida en victoria (1 Cor 15:54-55). Esa promesa nos empodera para enfrentar el pecado, la vida, la muerte, la gloria, el sufrimiento y manejar correctamente la paz que nos ha sido obsequiada como fruto del Espíritu. La incertidumbre acerca del futuro languidece ante la certidumbre de la resurrección y de la vida eterna.
 
Como han dicho algunos especialistas en esta área del quehacer teológico: estas afirmaciones de las promesas de Dios nos hablan del futuro. Este futuro se anuncia ya en esas promesas divinas y a través de la esperanza insertada y despertada en nosotros influye y moldea nuestro presente.
 
Sabemos que el presente puede producir muchas ansiedades, pero la Biblia nos enseña que hay  una esperanza, un “elpis” que nunca nos deja en vergüenza.
 
“3 Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; 4 y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; 5 y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.”   (Romanos 5:3-5)
 
Estos versos dicen que la esperanza y el amor de Dios nos empoderan para enfrentar las tribulaciones. Las ansiedades provocadas por las pruebas y los desalientos del presente no pueden ser capaces de ahogar esa esperanza. Dios la ha garantizado con su amor derramado sobre nosotros por el Espíritu Santo.
 
Søren Kierkegaard (1813-1855), un teólogo Danés, decía que el presente, “el instante”, es tan solo un átomo de la eternidad. Es el primer reflejo de la eternidad en el tiempo; por así decirlo, su primer ensayo para tratar de detener el tiempo. Kierkegaard decía que la esperanza puesta en Dios como nuestro Creador se convierte en la felicidad del presente. Esto es así, añadía él, cuando en el amor de uno se vuelve fiel a todo lo que Dios ha dicho y no abandona nada a la nada. Es allí en donde podemos ver, decía él, que Dios muestra en todo aquella apertura para lo posible y comenzamos a disfrutar la vida, a vivir en ese todo de Dios.
 
Ahora bien, esa esperanza no puede operar en el vacío. Teólogos especializados en el tema de la fe Cristiana nos han dicho que sin el conocimiento de la fe la esperanza se convierte en utopía que se pierde en el vacío. Al mismo tiempo, la fe no puede operar sin la esperanza. Sin esperanza la fe decae y se transforma en fe pusilánime, muerta. Kierkegaard decía que esa esperanza es como una extensión del alma hacia lo más grande. Se trata de lo que él llamaba “apasionamiento por lo posible.” La esperanza que brota de la fe examina los horizontes que de esta manera se abren por encima de una existencia que parece cerrada.
 
Él decía que la fe nos hace encontrar la senda. La esperanza nos mantiene en ella. La fe ve el inicio del futuro de amplitud y libertad en Cristo. La esperanza abre esta fe al futuro amplísimo de Cristo. La fe transforma la esperanza en confianza. La fe nos vincula con Cristo. La esperanza es el acompañante inseparable de la fe. La fe es el fundamento en el que descansa la esperanza. La esperanza alimenta y sostiene la fe, la renueva y reanima constantemente para que se levante cada día más fuerte.
 
Esto ayuda a entender por qué Pablo no podía perder la oportunidad de pedirle a Dios que iluminara la mente de la Iglesia en Éfeso para que pudieran ser capaces de conocer las dimensiones de la esperanza a la que habían sido llamados.
 
Esa esperanza, la esperanza en Cristo, es mejor que la del pueblo Judío y que la de los Griegos.
 
“18 Así que el mandato anterior quedó cancelado porque era débil e inútil, 19 pues la ley de Moisés no perfeccionó nada, y en su lugar tenemos una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios.”  (Hebreos 7:18-19, DHH).
  
 La Biblia dice que hemos sido llamados a agarrarnos, a asirnos de esa esperanza, de ese “elpis”, de ese “cordón, de ese “tiqvâh”.
 
“18 para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. 19 La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, 20 donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.”  (Hebreos 6:18-20, RV 1960)
 
La Biblia dice que la esperanza por la que Pablo estaba orando tenía y tiene que ser exhibida con plena certeza. Así lo señala la Palabra de Dios.
 
“11 Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, 12 a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.” (Hebreos 6:11-12)
             
Además, tenemos que ser capaces de mantener firme esa esperanza porque el que nos hizo las promesas en las que descansamos es fiel.

“23 Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa.”
 (Hebreos 10:23, NVI)
             
¿Cómo podemos lograr todo esto? Tenemos que reconocer que sería muy complicado tratar de alcanzar esto con nuestras propias fuerzas. Sin embargo tenemos la bendición de que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo.
 
“3 Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,”  (1 Pedro 1:3, RV 1960)
 
Otra garantía de que podemos lograrlo es que la Biblia dice que Dios ha prometido que esto se consigue con el amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5:3-5).
 
Por último, Pablo nos deja ver que podemos orar para que el Señor ilumine nuestra mente, alumbre los ojos de nuestro entendimiento para que conozcamos esa esperanza.
Referencias
   
[1] Bultmann, R. (1964–). γινώσκω, γνῶσις, ἐπιγινώσκω, ἐπίγνωσις, καταγινώσκω, ἀκατάγνωστος, προγινώσκω, πρόγνωσις, συγγνώμη, γνώμη, γνωρίζω, γνωστός. In G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 1, pp. 689–719). Eerdmans.

[2] Bultmann, R. (1964–). ἐλπίς, ἐλπίζω, ἀπ-, προελπίζω. In G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 2, pp. 517–535). Eerdmans.
   
[3]  Chávez, M. (1992). In Diccionario de hebreo bı́blico (1. ed., p. 769). Editorial Mundo Hispano.
   
[4]  Whitaker, R., Brown, F., Driver, S. R. (Samuel R., & Briggs, C. A. (Charles A. (1906). In The Abridged Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon of the Old Testament: from A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament by Francis Brown, S.R. Driver and Charles Briggs, based on the lexicon of Wilhelm Gesenius. Houghton, Mifflin and Company.
   
[5]  Bultmann, R. (1964–). ἐλπίς, ἐλπίζω, ἀπ-, προελπίζω. In G. Kittel, G. W. Bromiley, & G. Friedrich (Eds.), Theological dictionary of the New Testament (electronic ed., Vol. 2, pp. 531-32). Eerdmans.

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