Reflexiones de Esperanza: La estructura de la primera oración en esta carta (Parte XX)

“18 Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, 19 y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz 20 que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales,”  (Efesios 1:18-20, NVI)

Hemos estado analizando la invitación bíblica a vivir bajo el poder que resucitó a Cristo de entrelos muertos. Pablo dice en la Carta a Los Efesios que vivir bajo ese poder produce unas dimensiones de gozo y de paz que son imposibles de obtener de otra manera. No olvidemos que esta clase de vida no se produce de forma automática en los creyentes. Tenemos la necesidad de buscarla en oración. De hecho, unos de los factores que nos ha conducido a este análisis es que Pablo estaba orando para que la Iglesia que estaba localizada en la ciudad de Éfeso pudiera tener esa experiencia.

El poder desatado en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo tiene que ser recibido a través de la revelación; la revelación de la vida escondida con Cristo en Dios (Col 3:3). Esto es, una vida que ha muerto aquí, a los placeres, al pecado y a la tiranía de lo urgente para vivir la vida que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús.

La Iglesia Cristiana lo reconoció así desde la misma mañana de la resurrección. No había flores, ni música, ni liturgia, ni vestiduras adecuadas en el primer servicio de resurrección. En las palabras del Dr. Domingo Marrero Navarro:

“Había un pequeño grupo frustrado, mohíno, desilusionado, reunidos a puertas cerradas, que estaba en las meras vísperas de liquidar una aventura de fe. Una gran pesadumbre invadía a aquellos sencillos corazones. Aquel servicio de resurrección de que nos habla San Juan comenzó bajo los peores auspicios, porque el lirio no había florecido todavía en sus corazones. Prevalecía en sus almas un clima desalentado y abatido. Todo el cenáculo de los apóstoles, y todos los amigos de Jesús, embargados en un trágico dolor desilusionado.” [1]

Es interesante conocer el dato de que la descripción que nos ofrece este insigne teólogo, pastor y filósofo puertorriqueño es acerca de lo que sucede con los discípulos durante la noche, después de haber ocurrido la resurrección (Jn 20:19-24). El Dr. Marrero apuntaba esto en unos sermones predicados en la Iglesia Bautista de Río Piedras en el viernes santo del año 1945, en la Iglesia del Nazareno en Santurce y en la Iglesia Metodista de Arecibo. Estos últimos,  en el año 1949.

Marrero señalaba con mucha precisión que el primer tema de predicación de la Iglesia del primer siglo no fue la Cruz. La diferencia entre la muerte en la Cruz que sufrió nuestro Salvador y otros que murieron crucificados es que éste resucitó al tercer día.

“El lirio es la flor de la resurrección…….Si la cruz fuera solamente el símbolo de la cristiandad consagraríamos entonces la victoria de la muerte sobre la vida. La cruz sola, sin el lirio, remataría en una filosofía de tiempo de crisis. Y nada más. Sería como el estoicismo. Una actitud derrotista que sólo aspira mantener a salvo la dignidad y la ecuanimidad del hombre. La cruz sin el lirio no nos llevaría más allá de la resignación. Y la resignación, también, es una virtud estoica. Frente al dolor, y ante la crisis, la solución cristiana no es la resignación. Se resigna el derrotado. Es, no hay duda, una noble y heroica derrota. Pero es derrota. El mensaje de Cristo no es “¡resígnate!” Su mensaje es: “la misma fuerza que amenaza quebrantarte, si la resistes delante de Dios, nuevas fuerzas se desatarán dentro de ti que serán como el amanecer de una nueva mañana.” Cristo nos invita a marchar, con la frente erguida, hacia el corazón del quebranto, confiando que de la noche profunda de la Cruz  y de la prueba, amanecerá una nueva mañana de resurrección en nuestra alma…..La resurrección de Cristo incendió el alma desvaída y atribulada de aquellos discípulos timoratos.” [2]

Sabemos que al principio no fue así. Los primeros testigos de la resurrección necesitaron que Cristo se les revelara; que les mostrara las evidencias del poder que le había resucitado de entre los muertos.

La historia de María Magdalena que nos regala el Evangelio de Juan es central en esta discusión (Jn 20:11-18). Ese pasaje bíblico señala que el evento que ella estaba presenciando es sin duda alguna la manifestación de poder más grande de la historia. La tumba estaba vacía. El orden que había en esa escena predicaba algo sobrenatural. La presencia y el mensaje de los ángeles transformaban esa escena en una celestial. Sin embargo, es la voz de Jesús el elemento que provoca la transformación, que cambia la oftalmología del evento y de ese lugar.

“10 Y volvieron los discípulos a los suyos. 11 Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; 12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. 13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 14 Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 16 Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). 17 Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. 18 Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.”  (Juan 20:10-18)

Tenemos que reconocer que ese pasaje pinta con palabras el dolor que ella tiene. Se trata del dolor causado por el abandono. Es el abandono de la persona que le dio sentido a su vida. Se trata del abandono de aquello que le dio una estructura nueva a su vida. Esta es la realidad de María Magdalena y la realidad que enfrentamos la mayoría de nosotros.

El dolor de esta mujer es de tal magnitud e intensidad que Jesús resucitado le habla y ella no puede reconocerle. La respuesta de ella es una visceral: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (Jn 20:15b).

Esta es la misma reacción de los que caminan a Emaús (Lcs 24:13-35). Se trata de seres humanos huyendo de Jerusalén, tratando de escapar de sus realidades, escapando del terror de las noticias. Son seres humanos que se sienten obligados a abandonar sus lugares y sus responsabilidades. Se trata del dolor que nos hace ir en contra del tránsito. Cristo ya había resucitado pero ellos no habían chocado con Él; con el poder de la resurrección.

Ese pasaje lucano dice que ellos iban tristes (Lcs 24:17). Estos son capaces de escuchar la misma voz que les había instruido por 3 años y medio y no podían reconocerle. Estos dos testigos veían al Resucitado, pero no podían hablar de la resurrección. Ellos conocían el mensaje y la doctrina, pero no conocían la vida. Conocían de la muerte y de la pasión, habían escuchado el testimonio de las mujeres acerca de la resurrección (vv. 22-23), pero no conocían al Resucitado ni su poder.

Estos pasajes bíblicos confirman que al Resucitado hay que enfrentarlo personalmente. No bastan los testimonios o encuentros de otros.

Ese pasaje del Evangelio de Juan dice que Cristo había resucitado y que los seres humanos que habían sido escogidos para ser los primeros testigos de esto no lo podían entender. Las estructuras humanas les habían dejado huérfanos y sin cobertura. Esa orfandad les había dejado sin esperanza y sin deseos de seguir hacia adelante. Estos son solo algunos de los resultados que se obtienen cuando ponemos nuestra fe en las estructuras humanas y estas nos fallan.Un ejemplo de esto lo tenemos cuando la estructura político-social falla. El Presidente William Henry Harrison hablaba acerca de esto en su discurso inaugural, el 4 de marzo de 1841.

“Antes de concluir, conciudadanos tengo que decirles algo acerca del tema de los partidos que existen en este tiempo en nuestro país. Para mí, parece perfectamente claro que el interés del país requiere que la violencia de espíritu por la que esos partidos son gobernados en este tiempo tiene que ser mitigada en gran medida, si no completamente extinguida, o las consecuencias que esto producirá serán más espantosas de lo que podemos pensar. Si los partidos en una república son necesarios para asegurar un grado de vigilancia suficiente para mantener a los funcionarios públicos dentro del marco de la ley el orden, en ese punto termina su utilidad. Más allá de eso estos se convierten en destructores de la virtud pública, en los padres de un espíritu antagonista de esa libertad y eventualmente en sus inevitables conquistadores.”  (traducción libre)
 
El fracaso de estas estructuras es uno de los génesis del temor. Ese temor hay que enfrentarlo con tesón y con el corazón decidido. Como decía el Presidente Franklin Delano Rossevelt en su discurso inaugural el 4 de marzo de 1933:

“Por lo tanto, antes que todo permítanme reafirmar mi firme creencia que lo único que nosotros debemos  temer es al temor en sí mismo, sin nombre, irracional, ese terror injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avances…. Los cambistas han abandonado sus sillas altas en el templo de nuestra civilización. Nosotros tenemos ahora que restaurar ese templo usando las verdades ancestrales…tenemos que ir a reclamarlo.”   (traducción libre)

Tal y como sucedió en los tiempos en los que Jesús murió en la Cruz y resucitó de entre los muertos, así mismo nuestros países han estado sufriendo las consecuencias de esas debacles. Las estructuras políticas y sociales nos han fallado y la humanidad camina sin rumbo. Los nuevos mercaderes del templo se han servido de nosotros, de nuestros fracasos, de las guerras, de las pandemias, de nuestros sufrimientos, y ahora nos abandonan a nuestra suerte.
En un ambiente así fue que Cristo Jesús resucitó de entre los muertos.  

Nuestras estructuras económicas han colapsado. Los bonos de muchos de nuestros países se han convertido en chatarra; aun así mercaderes del templo han utilizado estos escenarios para desvestirnos de lo que nos queda mientras ellos viven en escenarios paradisíacos.

A esto hay que añadir la alta tasa de suicidios, de enfermedades mentales, de sentencias de muertes a los nascituros (los que están por nacer), los abusos con los que ya han nacido. Sabemos proteger a los perros, pero no a nuestros hijos.

Al igual que le sucedió a los miembros de la Iglesia del primer siglo, las estructuras religiosas también nos han fallado. En muchas ocasiones, motivadas por el deseo de combatir las crisis políticas y sociales que sufrimos como políticos y no como profetas de Dios.

El temor que esto produce no es irracional pero puede convertirnos en seres irracionales. La solución para esto no está en cambiar de sistema sino de cambiar aquello o a Aquél al que hemos estado adorando.

María Magdalena nos deja saber que no podemos ocultar que hay dolores que postran, hay dolores que paralizan, hay dolores que no nos dejan ver a Dios. Se trata de esos días en los que leemos el Salmo 91 y no somos capaces de entender su mensaje. Tan solo podemos preguntarnos “por qué no se cumple esto en mi vida.”

“9 Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, Al Altísimo por tu habitación, 10 No te sobrevendrá mal, Ni plaga tocará tu morada. 11 Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, Que te guarden en todos tus caminos.”   (Salmos 91:9-11)

Las reacciones que se desarrollan en María Magdalena son típicas y predecibles en aquellos que sufren de esta clase de desolación. Ella corre con desesperación: “se han robado a Cristo.” Había desaparecido el único que le daba esperanza en un mundo al borde de su destrucción.

El Dr. Cecilio Arrastía decía que la primera noticia de la mañana de la resurrección era la siguiente: “hay un hombre perdido.” El pasaje bíblico dice que María hace algo distinto a lo que hicieron los hombres que habían estado contemplando esa escena. Ella regresa a la escena y espera. Estas son sin duda alguna evidencias de unas manifestaciones carismáticas: la paciencia y la templanza para esperar lo que no sabemos, en medio de lo que no entendemos.

Ella hace algo más; hace las preguntas y se inserta en los diálogos. O sea, que no guarda silencio. No obstante, ella hace algo muy humano pero incorrecto. Ella mira hacia adentro cuando debía haber mirado hacia afuera. Como diría el Rdo. Dr. Roberto Amparo Rivera, ella colocó sus esperanzas en lo que fue y no en lo que Dios podría hacer.

Por otro lado, ella estaba dispuesta a enfrentar la razón de sus lágrimas. Esto es como si su alma le estuviera diciendo que había que darle una oportunidad a Dios. El pasaje bíblico dice que ella lo hizo llorando.

“13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.” (Juan 20:13)

Hay varias enseñanzas que se desprenden de estas aseveraciones. En primer lugar, tenemos que señalar que  la iglesia ha perdido el deseo y la costumbre de llorar por las razones correctas. En nuestras iglesia se llora mucho, pero por las razones equivocadas. Al mismo tiempo, la Iglesia ha perdido el deseo y la costumbre de orar; tanto en privado como como comunidad de fe. Los cultos para celebrar son multitudinarios mientras que los servicios de oración aparentan muchas veces ser servicios fúnebres.

La iglesia ha perdido la costumbre de esperar. En cambio, María Magdalena no sabe lo que va a suceder, pero el tiempo de espera en el huerto de la resurrección se convertiría en facilitador de un milagro vestido de eternidad.

¿A qué venimos a la Iglesia cuando acudimos a un servicio? ¿Venimos en búsqueda del rostro de Dios? ¿Venimos a ver las corbatas, los zapatos, los paños del altar, lo flaco que está fulano, lo feo que ora sutana? El llamado que nos hace la Palabra es que acudamos a la casa del Señor con la expectativa de que Dios nos llamará por nuestros nombres. El poder que levantó a Cristo de entre los muertos garantiza que Él nos va a llamar por nuestros nombres. Repetimos que esto hay que pedirlo en oración.

Hemos visto que los mejores escenarios para que esto ocurra son aquellos en los que encontramos que las estructuras nos han fallado.

Cristo había resucitado, pero María Magdalena seguía viviendo como si aún estuviera muerto. Cristo había vencido la tumba, pero ella seguía llorando un Cristo muerto.

El pasaje del Evangelio de Juan dice que Cristo llamó a María por su nombre. El color del huerto no cambió, la tumba seguía en el mismo lugar que la encontramos hoy, afuera de Jerusalén (Jn 19:20; Heb 13:12). Los ángeles nos habían cambiado de asientos. Sin embargo, la voz que ella escucha cambió las noticias de ese día y las de la historia del ser humano.

“18 Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.” (Juan 20:18)

Todas las cosas cambian cuando Dios nos llama por nuestro nombre.

“20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. 21 Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. 22 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”  (Apocalipsis 3:20-22)

El poder de la resurrección garantiza que podemos caminar en la vida con seguridad y confianza porque hemos escuchado la voz de Aquél que resucitó; la voz de Aquél que dijo que Él es la resurrección y la vida; que el que cree en Él aunque esté muerto vivirá. (Juan 11:25)
Referencias

[1] Marrero, Domingo. 1984. Itinerario de la pasión. Río Piedras, PR: Edtorial y Librería La Reforma, p. 85.  

[2] Ibid. pp 83-84

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