Reflexiones de Esperanza: Efesios - la estructura de la primera oración en esta carta (Parte XXII)

“18 Pido que Dios les abra la mente para que vean y sepan lo que él tiene preparado para la gente que ha llamado. Entonces podrán participar de las ricas y abundantes bendiciones que él ha prometido a su pueblo santo. 19 Verán también lo grande que es el poder que Dios da a los que creen en él. Es el mismo gran poder 20 con el que Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y le dio el derecho de sentarse a su derecha en el cielo.”   (Efesios 1:18-20, PDT)
           
La primera oración que encontramos en la Carta a Los Efesios (Efe 1:15-23) incluye una petición para que el Señor abriera la mente (PDT), iluminara los ojos del corazón (NVI), o que inundara de luz el corazón (NTV) de esa Iglesia. Uno de los propósitos de esa iluminación era la de capacitar a la Iglesia para que ella pudiera ver y saber (PDT), pudiera entender (NTV), pudieran comprender (NBV) el increíblemente inmenso poder de Dios (NBV). Hay que señalar que estas son solo algunas de las traducciones bíblicas de esa petición paulina.

Es obvio que Pablo está partiendo de la premisa que este conocimiento, el del poder de Dios, no se adquiere en una escuela o a través de algunas lecturas. Lo que Pablo está diciendo en esa carta es que el poder que Dios usó para resucitar a Cristo se recibe a través de la revelación, de la iluminación que solo Dios puede producir en el creyente.

Este principio es uno medular en el mensaje del Nuevo Testamento. El conocimiento de lo excelso y lo majestuoso, lo santo y lo eterno de Dios tiene que ser revelado. El Apóstol Pedro explica esto en sus cartas.

“16 Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. 17 Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. 18 Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.”  (2 Pedro 1:16-18)

Las implicaciones que se estilan de estas aseveraciones bíblicas son muy relevantes. En nuestros días solemos encontrar personas que anuncian actividades y congresos en los que alegan que pueden enseñar a los demás siete (7) pasos o cinco (5) bosquejos para acceder y poseer ese poder y/o esa revelación. Algunos llegan al punto de enseñar a otros a profetizar y a hablar en lenguas. Aquellos que pretenden que pueden hacer estas cosas no conocen al Señor, desconocen Su Palabra; “no les ha amanecido.” (Isa 8:20)

Los versos bíblicos que hemos compartido de la Carta del Apóstol Pedro dicen que Cristo acudió a la revelación que solo da el Padre Celestial para que sus discípulos pudieran ver la revelación de Dios,  con sus propios ojos, y oír la voz de Dios, con sus propios oídos. No hay otro método; esto se recibe por revelación.
 
La llenura del Espíritu Santo nos empodera para la misión, nos capacita para la tarea y procura la santificación y la regeneración del creyente. La revelación del poder de la resurrección, para vivir la vida del Resucitado establece intimidad, pertenencia con el Amado Salvador. Ambas son producidas por el Espíritu de Dios, pero esta última procura revelarnos a Cristo, darnos la capacidad para vivir una vida plena en Cristo. La Carta a Los Efesios nos enseña que la Iglesia que estaba en esa ciudad conocía lo primero. Los primeros discípulos de Pablo en esa ciudad hablaban en lenguas y profetizaban (Hch 19:1-7). Sin embargo Pablo estaba orando para que la Iglesia que estaba en esa ciudad pudiera recibir la revelación del poder con el que el Padre resucitó a Cristo de entre los muertos. O sea, que ellos no habían recibido la revelación de este poder.

Hay personas que pueden hablar en nuevas lenguas, danzar en el Espíritu y profetizar y no viven vidas plenas. Lo que sucede mientras están ministrando no es similar a lo que viven fuera de los círculos ministeriales y eclesiásticos: lo que viven en sus hogares: lo que viven en su intimidad. La revelación del poder que operó la resurrección de Jesucristo garantiza una vida plena, intimidad con Dios, vivir vidas transformadas, vivir la vida del Resucitado.
             
La voz de Cristo se revela, se puede escuchar y esta produce cambios y transformaciones vestidas de eternidad. Esta es la voz que se le revela a Saulo de Tarso camino a Damasco. Es la voz del Resucitado la que grita “Saulo, Saulo” y este termina postrado a sus pies. Es esta intimidad la que opera la transformación de un Saulo justiciero y vengativo  en un Apóstol Pablo, lleno de la revelación y de la sabiduría de Dios. Saulo de Tarso sabía asesinar y maltratar a los enemigos de su causa. Pablo el apóstol se convirtió en un mártir de la causa de otro: Aquél que lo había llamado de las tinieblas para vivir en Su luz admirable.

Los tres (3) pasajes bíblicos que describen ese encuentro nos dejan saber que la voz que Saulo escuchó no podía ser entendida por aquellos que le acompañaban.

“3 Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; 4 y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 5  Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 6 El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. 7 Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.” (Hechos 9:3-7 RV 1960)

“6 Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; 7 y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 8 Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. 9 Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo. 10 Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y vé a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas.” (Hechos 22:6-10)

“12 Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, 13 cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. 14 Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 15 Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16 Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, 17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, 18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.”  (Hechos 26:12-18)
 
Esta experiencia le hizo saber a Pablo que Cristo tiene que ser revelado de manera personal. Es más, esos pasajes bíblicos señalan que Saulo de Tarso tenía que estar preparado para que Cristo, para que el Resucitado le siguiera dando revelación de quién es el Señor de la vida. O sea, que la revelación del poder de la resurrección, de la vida del Resucitado no puede ser considerada como un evento. Esto se trata de un proceso que nos debe iluminar durante toda la vida.

“para designarte como mi servidor y testigo de lo que ahora has visto y de lo que todavía has de ver de mí.” (DHH)

“Me he aparecido a ti con el fin de designarte siervo y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a revelar.”  (NVI)

“hoy me he aparecido ante ti porque te he elegido para que seas mi siervo y para que seas testigo de lo que has visto y de lo que te voy a mostrar.”  (PDT)

“Me he aparecido a ti porque quiero que seas mi siervo. También serás mi testigo de lo que has visto y de lo que yo te voy a revelar.”  (NBV)

Estas traducciones bíblicas demuestran que cuando Pablo oraba para que Dios se le revelara a la Iglesia, para que iluminara la mente y el corazón de los creyentes en ella, lo hacía desde la experiencia que había tenido con el Resucitado.

Es importante afirmar que esto no significa que Cristo siga apareciendo en lugares aquí o allá. Bíblicamente esto no es posible. Lo que predica esta clase de revelación es que podemos ser capaces de escuchar la voz del Amado, cómo Él quiera revelarse y establecer una relación personal e íntima con Él. La revelación del poder de la resurrección se da a través del partimiento del pan, de escuchar Su voz.

La Biblia dice que es esa voz, la de Su Palabra, la que sustenta todas las cosas que existen.

“1 En tiempos antiguos Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras por medio de los profetas. 2 Ahora, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por su Hijo, mediante el cual creó los mundos y al cual ha hecho heredero de todas las cosas. 3 Él es el resplandor glorioso de Dios, la imagen misma de lo que Dios es y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de limpiarnos de nuestros pecados, se ha sentado en el cielo, a la derecha del trono de Dios,”  (Hebreos 1:1-3, DHH)
           
“La palabra de su poder”, como dice la versión Reina Valera de 1960, es la que está disponible para los creyentes como parte de la revelación de la vida del Resucitado. Se trata de una palabra de poder; poder que genera confianza:

“5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.” (1 Pedro 1:5)
 
Ese poder nos permite enfrentar las pruebas y los sufrimientos con una óptica distinta y diferente:

“8 De manera que no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor Jesús. Tampoco te avergüences de mí, prisionero por servir a su causa. Más bien, comparte conmigo el sufrimiento por la buena noticia de salvación con el poder que Dios nos da para soportarlo.” (2 Timoteo 1:8, PDT)

Esta clase de revelación nos permite esperar en las promesa del Señor, con convicción y con plena confianza:

“20 Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20-21, RV 1960)
             
Es muy probable que las próximas expresiones paulinas que vamos a compartir sean capaces de sintetizar todo lo que hemos compartido hasta aquí acerca del significado de vivir la vida del Resucitado.

“8 Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él 9 y encontrarme unido a él; no con una justicia propia, adquirida por medio de la ley, sino con la justicia que se adquiere por la fe en Cristo, la que da Dios con base en la fe. 10 Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección y la solidaridad en sus sufrimientos; haciéndome semejante a él en su muerte, 11 espero llegar a la resurrección de los muertos.” (Fil 3:8-11, DHH)
 
Si usted leyó bien este pasaje bíblico, se habrá percatado que Pablo está diciendo aquí que sigue anhelando conocer más y más a Cristo, sentir en él poder de la resurrección. Él sabía muy bien que le esperaba el cadalso y que lo esperaba con plena confianza porque sabía que iba a resucitar de entre los muertos. No obstante, él no quería pasar ni uno de los días que le quedaban aquí sin sentir en él el poder de la resurrección.

Vivir en ese poder y bajo ese poder no es otra cosa que vivir de frente a la majestad, a la santidad y a la eternidad de Dios.

Analicemos esto último desde otra perspectiva. Los relatos de la resurrección de Jesucristo nos revelan la presencia de los ángeles. Ellos participaron en el capítulo inicial de la historia de la salvación. Los ángeles anunciaron el plan divino, la encarnación del Verbo de Dios, alertaron a los pastores y cantaron en el medio del alumbramiento del Mesías. En la resurrección participan en el capítulo final del plan de redención. Los textos bíblicos describen la presencia de los ángeles a sus pies y en su cabecera (Juan 19:12).
           
No obstante, ninguno de ellos opera la resurrección de Jesucristo. Los ángeles están allí para anunciar que el Señor ha resucitado y para cubrir el lugar en el que estaba colocado el rostro de nuestro Señor y los pies de nuestro Salvador. En otras palabras, un recordatorio poderoso de la visión del profeta Isaías:

“1 En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. 2 Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” (Isaias 6:1-3)

Dicho de otra forma, el Resucitado es la encarnación del Dios de gloria que vio Isaías. Por lo tanto, vivir la vida del Resucitado, vivir la vida bajo el poder de la resurrección, es vivir de frente a la majestad, a la santidad y a la eternidad de Dios. Isaías recibió esto por medio de la revelación. Pablo lo recibió por medio de la revelación. La Iglesia que estaba en la ciudad de Éfeso fue instruida a procurarlo mediante revelación. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta?

El Apóstol Pablo nos dice bajo la inspiración del Espíritu Santo que la respuesta la encontramos en la oración. La Iglesia ha sido llamada y diseñada por Dios para operar bajo ese poder y para vivir plenamente dentro de esa revelación. Esa es la definición bíblica, correcta, de lo que significa vivir en el Espíritu.

No olvidemos que el mensaje del Evangelio no trata acerca de nosotros. El mensaje del Evangelio trata acerca de llevar la vida resucitada que Dios nos ha concedido a un mundo que necesita la reconciliación, la bondad, la consolación y la restauración que sólo Dios puede dar. La buena noticia es que Dios ha garantizado todo esto en Cristo, a través de Su sacrificio en la Cruz y a través de Su resurrección de entre los muertos.

Vivir la vida del Resucitado transforma nuestra manera de vivir. Aquellos que no conocen esta dimensión de la vida abundante de Dios viven muriendo y para morir. La oportunidad que nos ofrece el poder de la resurrección es que aprendemos a vivir para Dios y disfrutando la vida que Él nos ha concedido. En Cristo Jesús vivimos para vivir en Él, para Él, por Él y preparados para la eternidad junto a Él.

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