Reflexiones de Esperanza: Efesios - El poder de la resurrección de Cristo (Parte III)

“19 También pido en oración que entiendan la increíble grandeza del poder de Dios para nosotros, los que creemos en él. Es el mismo gran poder 20 que levantó a Cristo de los muertos y lo sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios, en los lugares celestiales. 21 Ahora Cristo está muy por encima de todo, sean gobernantes o autoridades o poderes o dominios o cualquier otra cosa, no solo en este mundo sino también en el mundo que vendrá. 22 Dios ha puesto todo bajo la autoridad de Cristo, a quien hizo cabeza de todas las cosas para beneficio de la iglesia. 23 Y la iglesia es el cuerpo de Cristo; él la completa y la llena, y también es quien da plenitud a todas las cosas en todas partes con su presencia.”  (Efesios 1:19-23, NTV)
 
Los creyentes en Cristo Jesús como Señor y Salvador de nuestras almas afirmamos que la cruz de Jesucristo es una manifestación del amor del Padre, de la gracia manifestada por Él en el Hijo y la dirección del Espíritu Santo. O sea, que el Dios Trino manifestó su propósito de salvación a través del Calvario. Hemos compartido en reflexiones institucionales que la sangre de Cristo es el instrumento usado por el cielo para conseguir la revelación de todo esto, además de añadirnos los resultados de la salvación y la restauración del ser humano en su relación con Dios.

Esta es una de las razones por las que el Apóstol Pablo afirma que la palabra de la cruz es poder de Dios. La Biblia dice que es poder de Dios para los que se salvan.

“18 El mensaje de la cruz parece una tontería para aquellos que están perdidos; pero para los que estamos siendo salvados es el poder de Dios.”  (1 Corintios 1:18, PDT)
 
El mensaje del poder de Dios a través de la cruz de Cristo es por ende la manifestación del poder del mensaje del Evangelio. Hemos visto en reflexiones anteriores algunas referencias bíblicas que sustentan esta aseveración. Una de estas, Romanos 1:17:

“16 Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.” (Romanos 1:16, RV 1960)

Otra referencia bíblica la encontramos en la Carta a los Hebreos:

“1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, 4 hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos.” (Hebreos 1:1-4)

Esa sangre, la de Cristo, posee un poder único. La Biblia dice que la vida de las criaturas está en la sangre:

“11 Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo se la he dado a ustedes sobre el altar, para que hagan propiciación por ustedes mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre.” (Leviticos 17:11)
           
Siendo esto así, tenemos que concluir que la sangre de Cristo posee la vida de Dios porque Él es Dios (Rom 9:5). Sabiendo esto, y que Dios es eterno, entonces podemos concluir que esa sangre posee el poder de la vida eterna.
           
Ahora bien, es necesario entender que la muerte fue vencida por la resurrección de Jesús, pero también por la sangre de Cristo. La Biblia dice que la muerte entró al mundo por el pecado (Rom 5:12). El Profesor Karl Barth analizó este principio bíblico y de su análisis se desprenden alguna verdades que todos los creyentes deben conocer[1]. En primer lugar, la muerte entró en el mundo a través del pecado como algo que Barth catalogó como “krisis”. Hay que añadir que Barth no utilizó este concepto en un vacío. Otros pensadores de su época compartían esta opinión:
 
“El hombre, metido por la fuerza en un aparato para la existencia concreta producido por él mismo, se encuentra hoy en cuanto tal, o sea, en su humanidad, en una crisis”[2].
 
“Todo ha llegado a una crisis que no se puede percibir en su totalidad ni comprender en su fundamento y solucionarla, sino que debe ser comprendida como nuestro destino, soportada y superada”.[3]
 
Karl Löwith y Karl Jasper escribieron acerca de esto en 1933 destacando que esa crisis abarca al Estado, la cultura y el ser del hombre.
 
Barth aprovecha este acercamiento dialéctico para describir que esa “krisis”, la provocó el pecado, y que fue este el que produjo, que convirtió la muerte en la ley suprema del mundo, pero apuntando al Dador de la Ley que emitió esa sentencia (Gén 3:19). El juicio de Dios que es santo, se convirtió así en barrera, en la salida y el final para la condición en la que había caído el ser humano. Esa sentencia, la de la muerte, se convirtió en una orden, en una señal de “pare” (stop) que no puede ser desobedecida.
 
En segundo lugar, la muerte es la otra cara (“reverse side”) del pecado. Ella entró al mundo como el resultado del pecado original e invisible. Debemos considerar que el pecado dañó las relaciones que el ser humano tenía con Dios. Fue por esto que la muerte entró como juicio y sentencia, como la herramienta para fragmentar la vida, y haciendo esto se convirtió en la ocasión para dejar entrar la miseria y la desesperanza en la vida de los seres humanos.
 
En tercer lugar, que la muerte es culpa y que el destino del pecado y de la culpa es la muerte. Esto es, separados de la fuente primaria de vida, somos simples mortales, no existentes. Es por esto que la Biblia dice “…separados de mí nada podéis hacer.” (Jn 15:5)
 
En cuarto lugar, que esta condición inevitablemente produce la fragmentación de la existencia humana. Y esto cierra su círculo cuando consideramos que si hay pecado hay sentencia de muerte y si hay muerte, no estamos vivos. Ya estamos muertos porque el pecado nos mató.
 
“9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. 10 Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; 11 porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató.”  (Romanos 7:9-11).  
 
Bart añadía que es de aquí que nacen las inseguridades, los conflictos, la pluralidad en cosas que son temporales, las visiones pesimistas, las negaciones, las limitaciones y hasta el sufrimiento.
 
Barth concluye diciendo dicho que la muerte es la otra cara (“reverse side”) del pecado (que es invisible), pero al mismo tiempo es la otra cara de la justicia que también es invisible. La sangre de Cristo es el instrumento para que la justicia de Dios sea satisfecha y que el resultado sea otro. Esta es otra manifestación del poder que hay en esa sangre: el poder para satisfacer las demandas de la justicia de Dios y reconciliarnos con el Todopoderoso.
 
“19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Colosenses 1:19-20, RV 1960)
 
“14 cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14)
 
En marzo del 2016 nos detuvimos para desarrollar un análisis teológico de estas declaraciones. Esto nos condujo a concluir que el poder de la resurrección de Jesucristo, coloca a Jesús como el Cristo, como el Mesías prometido y como el final de la historia. Cristo el ser eterno, la Segunda Persona de la Trinidad, es incomprensible para nuestro pensamiento. Él tiene que vaciarse de su gloria y majestad (Fil 2:5-11) para insertarse en nuestra historia. Karl Barth argumentaba que esta inserción sólo podía ser interpretada como un problema, porque Jesucristo venía a comunicarnos las verdades de una realidad eterna y de un Dios amoroso. Esto es un problema, decía él, porque esas verdades exceden nuestras capacidades de análisis y comprensión. Nosotros, decía Barth existimos en un mundo concreto en el que no somos capaces de conocer o saber cosa alguna acerca de la Eternidad de Dios, de su Gracia, de su Santidad, de su Gloria, etc.
 
La resurrección de Jesucristo de entre los muertos es la transformación, el establecimiento o la declaración de esa inserción desde el cielo. Barth decía que la resurrección de Jesucristo es la revelación, el descubrimiento (“disclosure”) de Jesús como el Cristo y por ende la revelación del mismo Dios Padre  que decidió amarnos. [4] La resurrección es la necesidad emergente de darle la gloria a Dios, el ajuste de cuentas con aquello que era desconocido y el reconocimiento de que Jesucristo es todo lo que había dicho ser. En la resurrección de Jesucristo el nuevo mundo, el nuevo orden del Espíritu Santo toca este viejo mundo de carne y lo hace tangencialmente (“lo toca sin tocarlo”). Lo toca como una frontera, la frontera que nos anuncia que detrás de ella está ese nuevo mundo, ese nuevo orden del Espíritu de Dios.
 
El poder de la resurrección garantiza lo que sucedió en la Cruz. La creación de un nuevo ser humano y la capacidad redentora del sacrificio de Cristo en la Cruz, nos permite tener una nueva existencia en Él. Esto hace que nuestra existencia en el viejo Adán quede disuelta.
             
Hemos dicho en esta reflexión que la muerte puede ser definida como la otra cara del pecado y de la justicia de Dios. Este concepto radical de la muerte coloca el poder de la resurrección con una autonomía garantizada e independiente de la vida misma. Esto es, por encima de la muerte, más allá de la muerte y con la destrucción de la muerte (Apoc 20:14). Este es otro beneficio que desata el poder de la resurrección de Jesús (1 Cor 15:54-55).
             
La resurrección no es una figura poética o una leyenda religiosa. La resurrección de Jesucristo es un evento histórico que sucedió en las afueras de Jerusalén alrededor del año 30 D.C. Con este evento que fue presenciado por centenares de testigos (1 Cor 15:4-8), Jesús el Hijo del Hombre (título Mesiánico) es declarado Hijo de Dios (título de Divinidad; Rom 1:4). Y esta declaración reconoce que la identidad de Jesús el Cristo es el que posee toda la autoridad sobre todo principado, sobre toda autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. Esa declaración afirma que todas las cosas están sometidas bajo sus pies, y que Él ha sido dado por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia (Efe 1:21-22).
             
Esa declaración afirma que no hay otro nombre bajo el cielo en el que haya salvación (Hch 4:12). Esa declaración afirma que ese nombre tiene que ser confesado por los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra (Fil 2:10). Esa declaración afirma que Jesucristo, el Cordero de Dios, es digno de recibir la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos (Apoc 4:13b).
 
Afirmamos que Cristo resucitó de entre los muertos para mostrarnos que esto ha sido arreglado así en los cielos. La resurrección desata así otras dimensiones del poder de Dios; la transformación de una vida de desilusión y desaliento a una vida empoderada y llena de esperanzas.
 
Un testimonio inequívoco de esto es la vida de un hombre llamado Dietrich Bonhoeffer.
Bonhoeffer predicaba que ningún ser humano puede seguir siendo el mismo luego de haber tenido un encuentro con el poder de la resurrección y con el Resucitado. Él decía que ese encuentro impulsa al creyente a la santidad. En el caso de Bonhoeffer la santidad no es definida como perfeccionismo (nadie vive exento de cometer errores), sino como progreso en la pureza y la santificación.[5] Esto es, ser separados para cumplir propósitos divinos. Este ministro evangélico Alemán decía que el encuentro con el Resucitado logra que los “hábitos y las costumbres santas” se sumerjan en nosotros hasta llegar a ser patrones fijos de nuestra vida. Es allí, que experimentamos el crecimiento de la preponderancia de las acciones que son correctas, acciones que nacen de un corazón correcto; un corazón que ha “chocado” con el poder de la resurrección. Es por esto que siempre estamos en proceso de ser santos.
 
Reflexionando acerca de su vida en el año 2008, compartimos que Bonhoeffer afirmaba[6] que la santidad no es un proceso de ser absorbidos en Dios. El creyente que es santificado por el poder de la resurrección y la intervención del Espíritu Santo nunca pierde su identidad ni su personalidad. El proceso de la santificación no implica ser cada vez menos reales y menos auténticos. Todo lo contrario. La santificación provoca la muerte y separación de aquello que impide que mi ser interior brille como siempre ha debido brillar, en unidad amorosa con Dios, en una operación que siempre está en expansión y progreso, creciendo, madurando, dando con libertad el espacio y la conformidad a la voluntad y los caminos de Dios. La santidad que provoca el encuentro con el poder de la resurrección nos lleva a ser transformados en la persona que debimos ser desde la creación.
 
Nosotros sabemos que el Jesucristo del Calvario y de la resurrección proclamó que su muerte traería vida y que el poder de su resurrección garantiza la vida abundante.
 
“10 El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10).
 
Además, ese poder garantiza una vida nueva.
 
“17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17).
 
El poder de la resurrección garantiza la victoria sobre nuestra muerte (1 Cor 15: 54-57).
 
 “54 Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. 55 ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56 Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
             
Estas verdades bíblicas nos animan a continuar firmes, constantes y creciendo en el Señor.
  
 “58 Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” (1 Corintios 15:58)
 
La muerte ha sido absorbida en victoria por el poder de la resurrección y el sepulcro perdió la capacidad de intimidarnos y lastimarnos. Este es el mensaje paulino que hemos estado analizando; este poder, el poder de la resurrección y todos sus beneficios, está disponible para operar en el creyente desde su conversión (Efe 1:18-21).
 
Bonhoeffer chocó con este poder y concluyó viendo la muerte como un ejercicio de liberación para poder ver el rostro de Dios. La muerte en sí misma no consigue esto. Solo la esperanza de la resurrección del creyente puede producirlo. Esa esperanza solo puede ser grabada en el corazón como un patrón de vida cuando nos encontramos con el Resucitado. El encuentro que Bonhoeffer tuvo con el Resucitado le llevó a vivir una vida entera disfrutando esta agenda de transformación constante que llamamos santidad.
 
Decíamos en el año 2008 que el encuentro con el Resucitado nos lleva a perder el temor de la muerte y a vivir en la esperanza de ver el rostro de Dios. Pero al mismo tiempo, el encuentro con el Resucitado nos lleva a vivir vidas santas y plenas; santidad y plenitud de Dios que se fijan en nosotros como nuestros patrones de vida  delante del mundo y del Rey de reyes y Señor de señores.
Referencias
 
[1] Karl Barth. (1968). The Epistle to the Romans, pp.159-6.1
   
[2] Karl Löwith, Heidegger, pensador de un tiempo indigente. Sobre la posición de la filosofía en el siglo XX  (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006), 30. Cursivas en el original.
   
[3] Karl Jaspers, Die geistige Situation der Zeit, 162, citado por Löwith, Heidegger, pensador de un tiempo indigente.
   
[4] Karl Barth. (1968). The Epistle to the Romans. pp29-31

[5] “A Testament to Freedom: The Essential Writings of Dietrich Bonhoeffer,” Editado por Geffrey B. Kelly, Y F. Burton Nelson (San Francisco: Harper SanFrancisco, 1990) pp 542-543.
   
[6] Richard Foster se ha convertido en uno de los mejores defensores de estas posturas.

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