Reflexiones de Esperanza: El poder de Dios manifestado en el Evangelio, en la cruz de Cristo y en su resurrección

“1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, 5 y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre; ”  (Romanos 1:1-5)

Nuestra reflexión anterior nos colocó delante de un teorema bíblico esbozado por Karl Barth. Este erudito bíblico Suizo planteaba que la verdad de Dios solo puede ser conocida de acuerdo Su naturaleza, conociendo quién es Dios. Para poder hacer esto hay que reconocer que la Biblia, como Palabra de Dios, habla por sí sola[1]. Este teólogo afirmaba que el Evangelio presenta a un Dios completamente distinto de los hombres; que la salvación viene a los seres humanos de Él porque nosotros somos incapaces de conocerle. El Evangelio, decía Barth, no es una cosa en medio de otras cosas, para ser aprehendida y comprendida. El Evangelio es la Palabra del Origen Primigenio de todas las cosas. El Evangelio no es un evento, decía Barth, ni una experiencia, o una emoción. En otras palabras, es la percepción clara y objetiva de lo que ojo no vio ni oído escuchó. Se trata de la revelación que Dios le da al ojo de la fe de algo que pertenece al eterno misterio de Su Ser Eterno[2]. Él concluyó diciendo que el Evangelio demanda participación, comprensión, cooperación, porque es una comunicación divina que presume fe en el Dios vivo. El Evangelio solo se puede recibir por fe, y que crea eso que este presume,[3] porque la fe no es el producto del trabajo del ser humano; es la obra de Dios (Efe 2:6-8).
 
El Evangelio predica que Jesucristo es el Señor. Barth decía que este es el Evangelio y el significado de la historia. El Evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Rom 1:16).
 
Hay muchas definiciones del Evangelio que se parecen a la de Barth. Por ejemplo, Jürgen Moltmann decía lo siguiente acerca del mensaje de la Cruz de Cristo:
  
“The gospel of Christ brings a saving future into the disastrous present, speaking of God in the face of godlessness, of our brotherhood in the face of enmity, and of the new creation in the face of a threatened earth.”[4]
 
(El Evangelio de Cristo trae un futuro salvífico al presente desastroso, hablando de Dios ante la impiedad, de la hermandad ante la enemistad, y de la nueva creación ante la tierra amenazada) Traducción libre
 
Decíamos en la reflexión anterior que para Karl Barth, el poder de la resurrección plantea una crisis (crisis”). Esto es, la resurrección de Cristo y la nuestra, en el día de la venida de nuestro Señor, plantea una crisis de fe. Se trata de una crisis de fe porque coloca al ser humano ante la necesidad de decidir lo mismo que necesitó decidir Poncio Pilato: qué hacer con Jesús el Cristo (Mat 27:22). Si lo aceptamos, nos exponemos a la transformación total de nuestras vidas, aquí y en la eternidad. Si lo rechazamos, cancelamos la oportunidad de vivir la vida abundante que Dios nos ofrece y abrazamos la condenación eterna. Esta es la crisis de la fe.
 
Tenemos que repasar que la fe es a veces definida como la fidelidad de los seres humanos que encuentran y aceptan la fidelidad de Dios. Esa fidelidad, decía Barth nos lleva a creer y a aceptar la gracia de Dios y sus demandas de obediencia y de fidelidad al Eterno. Esa fe nos confronta con un nuevo orden, una nueva constitución, un nuevo mundo creado por el Espíritu Santo. Para aceptar vivir en ese nuevo orden, el ser humano es alumbrado por la sangre derramada en el Calvario por Jesucristo. Este es uno de los milagros y la belleza de la cruz de Cristo.
 
Este proceso incluye la invitación a morir a la vieja forma de ser (la vieja criatura) y permitir que nos hagan nacer de nuevo. Esta invitación coloca la fe en “crisis” y enciende los reflectores de la resurrección. Ya hemos dicho que se le llama teología de crisis porque el ser humano es colocado ante la decisión antinomial (contradictoria) entre el tiempo y la eternidad, entre el mundo y la Palabra y las promesas de Dios.
 
Barth utilizaba la estructura gramatical de una oración para explicar esto. Sujeto y predicado. Fe es entonces, decía Barth, el predicado de una oración (“sentence”) enunciada por Dios, en la que el ser humano es el sujeto.[5] Dios muestra su amor por nosotros dando a todo ser humano fe para creer y en que aun siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5:8).
             
Es aquí que se encienden los reflectores de la resurrección de Jesucristo. Esa resurrección es una revelación del poder de Dios que nos invita como creyentes a decidir morir en la cruz a nuestra vieja manera de vivir para que el Señor nos regale una vida nueva. Esto es algo que nunca habíamos visto ni experimentado y que presupone un reto diario para la fe.
             
Siendo esto así, la luz de Cristo que alumbra sobre nuestras tinieblas, desata un poder inimaginable desde la resurrección. Ese poder desatado nos lleva a aceptar negarnos a nosotros mismos y llevar nuestra cruz cada día (Lcs 9:23). Ese poder desatado nos lleva a aceptar con alegría que las cosas viejas pasaron y que todas tienen que ser hechas nueva (2 Cor 5:17). Ese poder desatado en la resurrección nos hace aceptar con gozo que vamos a caminar en una novedad de vida invisible, dando la gloria a Dios y cerrando cada vez más el espacio del pecado cada día que pasa. Esa vida nueva es una vida desarrollada por la fe y viviendo por el Espíritu Santo; viviendo de fe y viviendo del Espíritu Santo. Es necesario señalar que el Espíritu Santo es regalado por fe en Cristo Jesús y en su sacrificio. Es necesario señalar que la Biblia dice que el justo vive por la fe (Rom 1:17).
           
Todo esto significa que esa nueva criatura ha aceptado vivir por la muerte de Jesucristo una vida que solo es posible bajo el poder de la resurrección del Señor. Vivir esa vida bajo el poder de la resurrección trae consigo la seguridad de una nueva ciudadanía en los cielos (Fil 3:20), la vitalidad de una vida escondida con Cristo en Dios (Col 3:3) y un punto de observación, de relación y diálogo que es invisible; “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos;” (Hch 17:28a). Esa nueva vida incluye la capacidad de creer y caminar más allá de donde se acaba la visibilidad, de donde se acaban las fuerzas y de donde se acaba lo finito y lo concreto de los eventos de nuestras vidas.[6]
             
Esa vida nueva desatada por la sangre de Jesucristo y el poder de su resurrección, define que nuestro ego murió y que Jesucristo es el nuevo Ego de la creación. Barth planteaba que el primer Adán vio caer su ego y el Segundo Adán, Cristo, nos propone aceptar el suyo.[7]  Como dice el Apóstol Pablo:
  
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.  (Galatas 2:20)
 
Entonces esa fe en el Resucitado es fe en su resurrección. Es asombro constante ante Su Presencia. Esa fe es entonces la afirmación de su resurrección. Esto es así, decía Barth, porque la vida se ha manifestado a través de la muerte de Cristo y Su poder se ha desatado sobre nosotros por su Santo Espíritu y el poder de la resurrección del Señor.
 
Esa fe nos pone en contacto directo con Su poder eterno y Su divinidad. Esa fe nos lleva a exaltar su pre-eminencia sobre todos los dioses de la humanidad. Esa fe nos lleva a anunciar que hay una línea de intersección entre nuestro tiempo y la eternidad que ha sido establecida por la muerte del nuestro Señor en la cruz del Calvario y garantizada con su resurrección.
 
La participación activa y decisional de esa fe es lo que desata el poder del Evangelio.
 
El pasaje bíblico que aparece en el epígrafe de esta reflexión nos presenta a Pablo hablando del poder de la resurrección de Jesucristo. Luego nos va a decir que no se avergüenza del Evangelio de Dios, porque es poder para la salvación (Rom 1:16). El Evangelio es poder porque es el evangelio (las buenas noticias) de la resurrección de Jesucristo.
 
La vida en Cristo Jesús es entonces una invitación a vivir constantemente bajo el poder de Dios manifestado de varias maneras, Algunas de estas son: el poder de la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo, el poder de la resurrección de nuestro Salvador y Dios, el poder del Evangelio y el poder del Espíritu Santo de Dios (Hch 1:8).
 
Cristo Jesús hizo posible todo esto con Su sacrificio en la cruz del Calvario. Se trata de una manifestación del amor y del poder de Dios para reconciliarnos con Él. ¡A Dios sea la Gloria por Jesucristo, por su muerte en la Cruz del Calvario y por el poder de su resurrección!
  
“18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”   (2 Corintios 5:18-21)
               
Ahora bien, ¿cuál es la relación teológica entre la resurrección y lo que sucedió en el Monte Calvario? En reflexiones anteriores hemos señalado que la resurrección de Cristo era la señal de aprobación del Padre al sacrificio realizado por el Hijo. La última vez que vistamos este tema fue en el mes de marzo del 2013.
 
Charles Swindoll señala que el Hijo, ultrajado voluntariamente por una experiencia llena de angustia y dolor, se veía a sí mismo contantemente movido por esa Providencia Divina que le hacía saber que la Cruz no era una opción. La Cruz era en sí misma una misión inexorable. Jesús no fue una víctima del destino ni un mártir casual. Jesús se encarnó y nació para ser crucificado y resucitar de entre los muertos para la gloria del Padre Celestial. Dios el Padre estaba así reconciliando al mundo consigo mismo en Cristo Jesús (2 Cor 5:18-19). La resurrección es entonces una pieza indispensable e insustituible del plan de salvación.
 
La muerte de Cristo nos empodera, reconciliándonos con Dios para que podamos ser capaces de recibir la presencia del Espíritu. Y si el Espíritu de Jesús puede venir a vivir dentro de nosotros, entonces podemos ser capaces de vivir una vida como la de Jesucristo el Señor. No es suficiente tenerle como ejemplo; le necesitamos como Salvador y como Señor. [8]
             
Es por esto que la resurrección es la razón fundamental detrás de la celebración de esta semana. La resurrección es de lo que trata la Pascua. San Pablo dice que si Cristo no resucitó nuestra fe es entonces una fe vana y aún nos encontramos en nuestros pecados (1 Cor 15:7).
 
Karl Barth predicaba acerca de esto el 4 de Abril de 1920, en un sermón sobre 1 Cor 15:50-58.[9] Barth señalaba que la vida del Cristiano solo podría ir tan lejos de lo que le permitiera ir su visión de la Pascua. En su alocución Barth subrayaba que la humanidad le pertenece a Dios. Dios es el principio y el final. Es Dios el que pone en efecto la voluntad y el trabajo (el querer y el hacer; Fil 2:13). Es Dios el que ofrece esta respuesta no como una enseñanza o una opinión y sí como un hecho. Él lo demuestra todo haciéndolo: Él (encarnado) es obediente hasta la muerte en la Cruz (Fil 2:8). Él es victorioso. Esto es la Pascua.
             
Barth añadía que Jesús nos coloca allí en algo que él llama “inseguridad final,” no solo en nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás, sino en nuestra relación con el mundo y todo lo que hay en este. Constantemente nos preguntamos consciente o inconscientemente ¿qué es el mundo? ¿Qué cosa es la naturaleza? ¿Cuál es el significado y el sentido de la historia? ¿Qué cosa, si alguna, es el destino? ¿En qué consiste el espacio en el que existimos y cuál es el tiempo en el que vivimos? ¿Qué es lo que de verdad sabemos? ¿Qué significado tiene que solo conozcamos lo que somos capaces de conocer (“ahora conozco en parte” 1 Cor 13:11a)?
 
Barth planteaba que esta inseguridad final tiene que ser revelada en nosotros. De lo contrario, todavía estamos durmiendo. Pero en Jesús nos despertamos. La inseguridad es descubierta. Los fundamentos de nuestro entendimiento comienzan a ser sacudidos debajo de nuestros pies.
 
Es cierto que el testimonio de la resurrección de Jesús es más que suficiente para poder conseguirlo. Sin embargo, Dios que conoce nuestros corazones, decidió poner a nuestra disposición el poder de la resurrección para que venzamos nuestro peor enemigo: nuestra naturaleza.
             
Barth decía que Jesús nos lleva hasta la frontera final de nuestra existencia. Se trata de la frontera que conocemos muy bien, y que no la conocemos: la frontera de la muerte. Barth decía que no seremos capaces de obtener sabiduría hasta que no consideremos conscientemente que tenemos que morir. Esta es su interpretación de la expresiones que encontramos en el Salmo 90:
 
“12 Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmos 90:12).
 
Adquirimos sabiduría en Jesús porque, nos guste o no, la sabiduría de Jesús es la sabiduría de la muerte vencida (Franz Overbeck). La verdad que subraya todo esto, decía Barth, es la verdad más allá de la tumba; ¡hemos sido arrancados de la muerte a la vida¡ Este es el mensaje de la pascua de resurrección.
             
La resurrección de Jesús (Barth, T.F Torrance etal., señalan que tiene que ser literal o no hay Evangelio) es resurrección de exaltación. Luego de la humillación extrema de lacCruz, vencer la muerte a través de la resurrección era tan solo el primer paso en el proceso de exaltación hasta lo sumo. Samuel Rayan, (1920 - 2019) un teólogo de la India, señalaba que es por esto que la resurrección de Jesús da inicio al tiempo del fin. [10]  
 
El resumen de esto es muy sencillo: la fe en la resurrección transforma todo lo que hacemos en la vida. Uno de los mejores testimonios acerca de esto lo encontramos en Abraham, mucho antes de la resurrección de Jesús. Cuando Warren Wiersbe analiza el capítulo 22 del libro de Génesis, señala que Dios no quería la vida de Isaac (Gn 22). Lo que Dios quería era el corazón de Abraham. Wiersbe apunta que Dios quería que Abraham confiara en Él y no en la bendición que Dios le había concedido en Isaac. La Biblia dice que fue la fe en el poder de la resurrección que Dios puede desatar lo que transformó la prueba de Abraham en una experiencia de triunfo (Heb 11:17,19).[11]Allí nos dicen que Abraham concluyó que él no podía tener problemas para recibir devuelto a Isaac porque el Dios que él conocía debía tener el poder para resucitar muertos. Abraham dijo esto sin haber visto o escuchado de alguien que hubiera resucitado. Es por esto que nuestra fe tiene que ser mayor que la de Abraham porque nosotros sabemos que Cristo resucitó.
 
La resurrección de Jesús solidifica los fundamentos de la fe. Wiersbe ha dicho que fe es vivir sin esquemas humanos. Él dice que los esquemas humanos le trajeron problemas a Abraham en su matrimonio y en su caminar con Dios. El cumplimiento de las promesas de Dios no depende de los recursos humanos y sí de la confianza en las promesas que nos ha hecho el Eterno. Juan 11:25-26 lo dice muy bien;
 
25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?  
 
Con el poder de la resurrección Dios puede hacer mucho más que levantar muertos. Dios puede transformar situaciones humanas insalvables, traer a la vida a personas que están muertas en vida, e infundir vida de Cristo que hace que todas las cosas sean nuevas. Es por esto que la resurrección de Jesús es piedra angular del Evangelio. Como decía Robertson Nicoll, la tumba vacía es la cuna de la Iglesia.[12]
             
La invitación que nos hace el Evangelio es para que vivamos en la gloria de la resurrección. Es una invitación a disfrutar la vida marcada y transformada por el poder de la sangre derramada en el Calvario. Es una invitación a disfrutar el poder transformador de Aquél que ha vencido la muerte. No insistamos en buscar entre los muertos al que vive. Enfrentemos la vida con las herramientas y los lentes que nos provee la resurrección de Cristo. ¡El Señor ha resucitado!  
Referencias
 
[1]   http://www.scielo.org.za/pdf/stj/v5n3/13.pdf
   
[2]   http://files1.wts.edu/uploads/images/files/WTJ/Machen - Theology of Crisis.pdf
   
[3] Karl Barth. (1968). The Epistle to the Romans. London: Oxford Press (6th re-print of the book written in 1933),      pp. 28-34.
   
[4]  Jürgen Moltmann, The Church in the Power of the Spirit: A Contribution to Messianic Ecclesiology, trans. Margaret Kohl (New York & London: Harper & Row, 1977), 221.

[5] Ibid. p.153
   
[6]  Se recomienda leer el Libro “Living the resurrection,” escrito por Eugene H. Peterson (NavPress: Colorado Springs, 2006)
   
[7]  Karl Barth. (1968). The Epistle to the Romans. p189
   
[8]   John R. W. Stott, Basic Christianity (Downers Grove, Ill.: InterVarsity Press, 1958), p. 102.
   
[9] Karl Barth;William H. Willimon. The Early Preaching of Karl Barth: Fourteen Sermons with Commentary by William H. Willimon (Kindle Location 2033). Kindle Edition.
   
[10] Erickson, Millard J. (1998-08-01). Christian Theology (p. 794-795). Baker Publishing Group. Kindle Edition.
   
[11]  Wiersbe, Warren W. (2011-01-01). Jesus in the Present Tense: The I AM Statements of Christ (p. 101). David C. Cook. Kindle Edition.
   
[12]  Swindoll, Charles R. (2006-01-31). The Darkness and the Dawn (p. 255). Thomas Nelson. Kindle Edition.

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