Reflexiones de Esperanza: Efesios: Análisis de las peticiones de la segunda oración de Pablo en la Carta a los Efesios (Parte XI)

 “14 Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, 15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16 para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; 17 para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18 seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19 y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. 20 Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, 21 a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.”  (Efesios 3:14-21)

En esta reflexión nos proponemos trabajar con la habitación de las emociones que hay en el corazón. Este análisis también forma parte de nuestras reflexiones acerca de la segunda oración paulina que encontramos en la Carta a los Efesios (Efe 3:14-21); particularmente la segunda petición. Ya sabemos que esta petición suplica lo siguiente: “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efe 3:17a).

El análisis de la habitación de las emociones dio inicio en reflexiones anteriores. La introducción a este tema fue presentada echando mano de un pasaje bíblico que encontramos en el Evangelio de Juan:

“1 No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.” (Juan 14:1)
 
Fue allí que chocamos con el concepto “tarassō” (G5015), concepto que se traduce en este verso como turbación.

“Este concepto griego puede ser traducido como agitarse, avergonzarse, sufrir un frenesí,  desconcertarse, confundirse, descomponerse. Además, puede ser traducido como aletear, experimentar una perturbación, disturbio, entrar en un estado de shock, asustarse, enturbiarse y alborotarse. O sea, que hay experiencias en la vida que pueden provocar que nuestros corazones sufran todas estas cosas. Cristo expresó que no debíamos permitir experimentar “tarassō” en el corazón, ni tener miedo.”[1]
 
Ahora bien, hablar acerca de las emociones es hablar de mucho más que la turbación o el “tarassō”.  Las emociones son el conjunto de reacciones orgánicas (automáticas) que experimenta el ser humano cuando responde a ciertos estímulos externos. Estas le permiten adaptarse a una situación con respecto a una persona, objeto, lugar, etc. El Dr. Paul Ekman las categorizó hace muchos años señalando que en su parecer todas ellas emanan de seis (6) emociones básicas: el miedo, la ira, la tristeza, la alegría, el asco y la sorpresa.[2] Hay que señalar que otros especialistas en este tema han propuesto un número mayor.[3]
 
Hay emociones que causan reacciones orgánicas que pueden producir resultados fisiológicos, psicológicos o conductuales. Estas proceden y/o son reguladas por una parte del cerebro que se conoce como el sistema límbico. Este sistema está compuesto por varias estructuras cerebrales que controlan las emociones y el comportamiento. Algunos de sus componentes son el hipocampo, el fórnix y la amígdala cerebral.[4] Otras emociones pueden producir un comportamiento que puede haber sido aprendido anteriormente.  
 
Hay que destacar que a menudo las emociones son confundidas con los sentimientos. Debemos señalar que ambos conceptos están íntimamente relacionados e interconectados. No obstante, existen diferencias evidentes entre las emociones y los sentimientos. La primera es que los sentimientos son consecuencia de las emociones. La segunda es que los sentimientos suelen ser más duraderos que las emociones. La tercera, es que casi todos los sentimientos se pueden verbalizar o expresar, mientras que no sucede así con las emociones. Algunos proponentes han destacado que otra diferencia entre las emociones y los sentimientos la encontramos en que las emociones se pueden producir de manera inconsciente, mientras que los sentimientos no. Para ellos los sentimientos son una forma consciente de las emociones. Esto es, que poseen un componente más “racional.”
 
Dentro de los sentimientos encontramos el amor, la tristeza, la euforia, la admiración, el odio, la envidia, los celos y el afecto. Hay otros que podemos enumerar aquí, pero creemos que estos ejemplos son más que suficientes.
 
Algunos especialistas en el campo de las emociones han ido más lejos en sus análisis, al punto de que han identificado componentes de estas. A continuación tres (3) de estos:
 
Los componentes fisiológicos de las emociones.
  • Determinan cómo reaccionamos en el primer momento, de manera involuntaria. Por ejemplo latidos de corazón acelerados, sudoración de las manos y del cuerpo, pupilas dilatas, músculos que se hacen tensos, etc.
 
Los componentes cognitivos.
  • Estos nos permiten evaluar la situación de manera consciente e inconsciente y esto influye en nuestra experiencia subjetiva. Por ejemplo, si hemos tenido experiencias negativas al hablar en público, en las que hemos sufrido bloqueos importantes, la sola idea de tener que hablar en público puede  desencadenar en nosotros una emoción de miedo.
 
Los componentes conductuales.
  • Un ejemplo de estos son los movimientos corporales, los cambios en la expresión del rostro o el temblor en la voz cuando nos damos cuenta de que nos toca realizar alguna actividad con la que hemos tenido una mala experiencia previa.
 
Este resumen fue extraído de una página cibernética que analiza este tema con bastante precisión.[5]  
 
Ahora bien, ¿qué dice la Biblia acerca del manejo y el control de las emociones? De entrada tenemos que afirmar que la Biblia destaca que Dios posee emociones. Por ejemplo, la Biblia dice que Dios se goza, se alegra y se regocija (Sof 3:17), se entristece (Efe 4:30), se estremece (Jn 11:33), le da ira (Det 9:8, 22). Pero sobre todas las cosas, Dios ama (Jn 3:16).
 
La Biblia también dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza. Esto incluye el que Él nos haya dotado con la capacidad de experimentar emociones. Hay que señalar que una diferencia extraordinaria entre Dios y nosotros es que él no es controlado por sus emociones. Nosotros sí podemos ser controlados por estas. Además, las emociones de Dios están regidas por su misericordia, su santidad y su justicia. Las nuestras dependen de los fundamentos en los que hayamos decidido basar estas.
 
O sea, que existen unos campos de acción y desarrollo cuando nuestras emociones están basadas en la verdad y otros cuando no lo están. Por ejemplo: las emociones que experimentamos cuando creemos que Dios sigue en control de nuestras vidas, versus cuando nuestra fe se amilana y llegamos a creer que Él nos ha abandonado.  
 
Algunos proponentes y estudiosos de este tema han tomado esto último para postular que las emociones que experimentamos pueden ser “indicadores útiles de lo que está sucediendo en nuestros corazones.” [6]
 
Esta aseveración agiganta la oración paulina que estamos analizando, particularmente la segunda petición que el Apóstol Pablo presenta allí: “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efe 3:17a). En otras palabras, Pablo está pidiendo que Cristo convierta en su residencia la habitación de las emociones que tenemos en el corazón.
 
Sabemos que somos capaces de experimentar las emociones de miedo, desesperación o ira, de alegría, de tristeza y de sorpresa. Nuestro análisis jamás pretenderá que estas sean absoluta y completamente canceladas. La Biblia no nos presenta esa opción porque dejaríamos de ser seres humanos creados a la imagen y semejanza de Dios. Nuestro análisis se encamina a encontrar el consejo bíblico, divino, para que podamos ser capaces de aprender a manejar nuestras emociones y no permitir que estas nos controlen.
 
No debemos olvidar que la Biblia dice que Dios conoce todo lo que sucede en nuestros corazones.
 
“Si ante el Señor están el sepulcro y la muerte, ¡cuánto más el corazón humano!” (Proverbios 15:11, NVI)
 
Dicho de otro modo, somos nosotros los que necesitamos herramientas efectivas para no permitir que nuestros corazones nos controlen.
 
Un dato singular que no puede ser soslayado es que debemos ser conscientes de que como seres humanos hemos sido sentenciados desde Adán con los resultados inherentes al pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa. Los creyentes en Cristo no vivimos cien por ciento separados de esta realidad. La diferencia entre nosotros y aquellos que no conocen al Señor es que Cristo Jesús puede habitar en nuestros corazones como Señor, además de como Salvador. Esto último entonces nos permite ser capaces de enfrentar las emociones con unas herramientas y un consejo que no poseen aquellos que no conocen a nuestro Señor.
 
Veamos algunos ejemplos bíblicos acerca de una de las emociones: la ira:
  
“26 Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, 27 ni deis lugar al diablo.”
(Efesios 4:26-27, RV 1960)
             
Este verso bíblico dice que podemos experimentar una emoción que en griego es descrita como “orgizō” (G3710): ira, cólera o furia. Este verso añade que la clave en la vida Cristiana es no permitir que esto se convierta en pecado ni que el enojo nos dure todo el día. Obedeciendo este consejo le cortaremos las oportunidades al diablo.
             
La Carta de Santiago expande esta enseñanza diciendo que debemos ser capaces de no enojarnos fácilmente (PDT) porque el “orgē” (G3709), la ira, no permite el desarrollo de algo hecho de manera cabal, de preparar, de poner en efecto, de producir como resultado, de alistar, en ese caso, la justicia de Dios. [7] Veamos cómo lo dice:
   
“19 Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; 20 porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (Santiago 1:19-20)
 
Es muy interesante la relación que este escritor bíblico establece entre la capaciad para enojarse, la capacidad para escuchar y la capacidad para responder.
 
Veamos otro pasaje bíblico; en el libro de los Proverbios. El proverbista hace énfasis en esta misma aseveración que hace Santiago ofreciendo otros puntos de vista que sin duda alguna están vestidos de gracia y de eternidad.

“1 La blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor….. 14 El corazón entendido busca la sabiduría; Mas la boca de los necios se alimenta de necedades. 15 Todos los días del afligido son difíciles; Mas el de corazón contento tiene un banquete continuo…. 18 El hombre iracundo promueve contiendas; Mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla….28 El corazón del justo piensa para responder; Mas la boca de los impíos derrama malas cosas.” (Proverbios 15:1, 14-15, 18)
  
“32 Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; Y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.” (Proverbios 16:32)
 
Hay que destacar aquí el énfasis que hacen estos pasajes de las Sagradas Escrituras acerca del génesis de estas conductas y reacciones: el corazón. El corazón es el asiento del que emanan las emociones.
 
Cuando el Apóstol Pablo considera este tema en sus cartas incluye otra clase de emociones; positivas y negativas. Sus consejos siempre apuntan al mismo blanco: Jesucristo nuestro Señor y la agenda del Espíritu Santo.
 
“1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios….8 Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. 9 No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, 11 donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.”
 (Colosenses 3:1-3, 8-11)
              
“16 Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. 17 Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. 18 Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. 19 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, 20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, 21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. 22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.  24 Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. 25 Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.” (Gálatas 5:16-25)
 
Sabemos que el énfasis de estos pasajes bíblicos no es necesariamente el de las emociones. Sin embargo, estos subrayan conductas elementos de la formación del carácter que las forman.
 
Existen otros pasajes bíblicos que podemos considerar aquí. Hay una cantidad de ejemplos extraordinarios en el libro de los Salmos; pasajes que describen emociones constructivas y enriquecedoras así como emociones duras, pesadas y destructivas. Reiteramos que las conclusiones serán las mismas. Esto es, no se trata de cancelar o censurar nuestras emociones. Se trata de aprender a manejarlas de manera constructiva. Hay que tratarlas como lo que son: un regalo de Dios que nos permite recordar que Él nos hizo a Su imagen y semejanza.
 
Es un secreto a voces que esta destreza, la de aprender a no permitir que las emociones nos controlen, adquiere otra perspectiva cuando decidimos aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador. Pablo nos recuerda en sus oraciones que ese escenario crece a niveles superlativos cuando le permitimos ser el Señor de nuestros corazones. Ese es el énfasis de la oración paulina: “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efe 3:17a).
 
Tal y como han reseñado algunas de las fuentes que hemos citado en esta reflexión, permitir que Cristo sea el Señor de la habitación del corazón en la que residen nuestras emociones nos conducirá a ser agradecidos a Dios. Sí, “agradecer a Dios por nuestra capacidad de sentir emoción y administrar nuestras emociones como un don de Él.”[8]
 
Esto también nos invitará a crecer en el Señor, experimentando la vida que es en Cristo (2 Tim 1:1); la vida nueva que Él nos ha prometido (Rom 6:4). Esto, además, nos llevará a querer compartir con el Señor otros espacios de nuestros corazones con el fin de conocer más de Él y aprender a caminar más cerca de Él.
 
Estos son solo algunos de los resultados que Pablo anhela que los creyentes podamos experimentar. Es por esto que él pide “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Efe 3:17a).
Referencias
   
[1] Blog publicado el 10 de agosto: Episodio 106 de la Carta a los Efesios.
   
[2] https://www.paulekman.com/universal-emotions/#:~:text=What are the six basic,seventh emotion, which is contempt.
   
[3] https://expansion.mx/tendencias/2017/09/12/hay-27-distintas-emociones-humanas.
   
[4] https://medlineplus.gov/spanish/ency/esp_imagepages/19244.htm.
   
[5] https://ifeelonline.com/emociones-y-sentimientos-conoces-la-diferencia/
   
[6] https://www.gotquestions.org/Espanol/manejo-emociones.html.
   
[7] Swanson, J. (1997). En Diccionario de idiomas bíblicos: Griego (Nuevo testamento) (Edición electrónica.). Logos Bible Software
   
[8] https://www.gotquestions.org/Espanol/manejo-emociones.html.

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